lunes, 6 de julio de 2020

[Relato] Un golpe a la mente

El siguiente relato forma parte de mi primer libro, Reflexiones y refracciones, publicado en 2018.

[Advertencia de contenido: violencia intrafamiliar.]

lunes, 15 de junio de 2020

[Diversidad] Sobre el autismo y la transgeneridad

Soy autista. Me diagnosticaron con 24 años, aunque ya lo sospechaba desde los 19 (dejo esta historia para otra ocasión). Soy también transgénero. Y durante la última semana estuve particularmente expuesto a una nueva oleada de capacitismo y transfobia, todo junto. Por eso decidí escribir esto. Porque no es novedad que me tocó ser autista y trans en un mundo capacitista y transfóbico, pero no puedo dejar que solo se escuchen las voces del odio. No me puedo quedar callado. Tengo voz propia, y no voy a dudar en usarla hasta que se nos escuche a nosotres, en lugar de a quienes pretenden hablar por nosotres sin estar siquiera cerca de comprender nuestra realidad.

Concretamente, lo que ocurrió la semana pasada fue que cierta escritora británica muy reconocida, con millones de seguidores en todo el mundo, hizo público un texto de opinión cargado de desinformación, transfobia y capacitismo. Esto fue interpretado como una muestra de aceptación e incitación para quienes a diario nos atacan en las redes y en la vida. La consecuencia para la comunidad trans, y sobre todo para quienes además somos autistas, es que recibimos una gran cantidad de mensajes de odio estos días.

Voy a ser claro: a mí, lo que opine de mí una señora que poca idea tiene de lo que es ser trans y autista, me importa, digamos, cero. Pero estamos hablando de una autora que con esa opinión ejerce una influencia enorme en un montón de gente. Gente que no solo opina en su fuero interno, sino que, basándose en esa opinión y en el clima de aceptación que genera que alguien tan reconocido se pronuncie a favor de eso, eligen actuar contra nosotres.

A las personas trans se nos ataca por las calles, se nos violenta de mil maneras, desde el bullying hasta violaciones. Y bueno, ni hablar del ciberacoso que es el pan nuestro de todos los días. Como resultado, tenemos tasas de suicidio altísimas, no por ser trans, sino porque la sociedad es transfóbica. Por eso lo que hizo esta autora es una irresponsabilidad gigantesca: lo que hizo fue alentar el odio que nos lleva a la muerte.

A las personas autistas, por otro lado, se nos infantiliza (otro tema que dejaré para tratar en el futuro, porque tengo mucho para decir al respecto). Se nos trata como si fuésemos personas incompletas, siempre desde una perspectiva paternalista. No se nos escucha, no se nos tiene en cuenta, consideran que no somos capaces de tomar decisiones y conocernos a nosotres mismes.

Por eso hoy quiero dejar en claro que soy autista y soy trans, y solo yo sé quién soy y cuál es mi género, nadie más puede definir eso por mí, nadie me conoce mejor que yo mismo. Pero además quiero hacer un pequeño análisis de las declaraciones de esta señora, porque como dije, hay allí mucha desinformación, mucha transfobia, y capacitismo, y no puedo quedarme callado y dejar que solo se escuchen las voces que llevan ese tipo de mensajes. Así que voy a exponer lo que yo tengo para decir al respecto.

Por empezar, hay una susceptibilidad muy grande respecto a la idea de que esta señora es una supuesta referente del feminismo, y hablar en contra de sus recientes declaraciones ha sido considerado machista (esta semana me sorprendí cuando fui llamado “machista” por primera vez en mi vida, y fue por defenderme de un ataque transfóbico y capacitista directo, jamás lo hubiera imaginado). Por eso antes de entrar en mi análisis, quiero puntualizar algunas cosas.

Yo siempre voy a defender a los colectivos oprimidos. Siempre. Ahora, si un individuo en particular me ataca directamente por tener una vulnerabilitad diferente a la suya, no voy a dudar en defenderme. Siempre apoyé y apoyaré la lucha feminista, y eso no entra en conflicto con el hecho de que no voy a quedarme callado ante las declaraciones transfóbicas y capacitistas de esta señora en particular. Solo en su cabeza y las de sus más fervientes y extremistas seguidores puede entrar semejante incoherencia.

De hecho, esta misma semana critiqué a un medio periodístico que con un oportunismo atroz dio a entender que celebraba la situación de violencia de género que sufrió esta misma autora años atrás. Puede que la señora hoy en día esté en una posición de privilegio (ella en particular, como individuo, no el colectivo que pueda representar) y me parezca injusto que desde esa posición se haya dedicado a enviarnos una oleada de odio a nosotres que somos una población vulnerada, y puede que repudie su accionar y me dedique a responder a esas declaraciones aquí, pero jamás, jamás, se justifica de ninguna manera la violencia de género. Por lo que me parece lamentable y rastrero que se haya aprovechado esta situación para expresiones de ese estilo.

Dicho esto, paso directamente a lo que me interesa analizar de sus declaraciones. ¿Por qué digo una y otra vez que además de transfóbicas son capacitistas? No es que lo haya dado a entender en una única frase, así que no lo busquen así porque no es la manera como funciona esto. Lo que hizo fue darlo a entender, casi con sutileza, a lo largo de un razonamiento extenso. Y es eso mismo lo que quiero desmenuzar aquí ahora.

No la voy a citar directamente, ni la voy a nombrar, porque ya todes sabemos de quién estoy hablando y dónde pueden encontrar sus declaraciones (y si no lo saben, pueden preguntarme a mí por mensaje privado en Twitter por ejemplo, o a San Google). No quiero darle más aplificación a su voz porque ya tiene demasiada, y lo que quiero justamente es que se escuchen otras voces, sobre todo de las personas trans y autistas a quienes se refirió con tan poca consideración y empatía.

Si leen su texto completo (lo cual en realidad no recomiendo por lo que ya dije, está lleno de desinformación y es hasta dolorosa la forma como habla de las personas trans), encontrarán que el único momento en el que alude explícitamente a las personas autistas es utilizando el término “niñas autistas” para hablar de personas autistas transmasculinas. De entrada, arrancamos mal, porque no somos niñas.

La frase en sí misma parece bastante inocente (obviando lo de llamarnos “niñas”, que de inocente tiene poco), pero no está puesta ahí por casualidad: es el contexto lo que le da un significado diferente. Está ahí para dar un mensaje, nos está queriendo decir algo con eso y para entenderlo hay que seguir el argumento que viene hilando en ese contexto. Vamos a ello.

Por un lado, ella dice que, supuestamente (citando datos que me parecen poco fiables y luego explicaré por qué), hoy en día hay muchas más personas transmasculinas que transfemeninas, cuando solía ser al revés. Es ahí es donde agrega que lo que ella llama “niñas autistas” (personas autistas y transmasculinas, es decir, hombres y no binaries) estan “sobrerrepresentadas” (otra vez, datos que considero dudosos y más adelante me detendré en esto porque es importante). Es decir, ella destaca como algo curioso que aparentemente hay mucha gente autista transmasculina.

De todo lo que sigue, se deduce que en realidad no lo está planteando como una mera curiosidad. Por empezar, ella relaciona la transmasculinidad con otros dos conceptos que para mí nada tienen que ver con eso, que son la misoginia y la supuesta mala influencia de los trans activistas “modernos” (así nos llama).

Ella sugiere que detrás de la transmasculinidad hay algún tipo de misoginia y necesidad de huir de la feminidad y de lo que la sociedad impone como el rol o estereotipo de género femenino. Incluso se pregunta si ella misma hubiese deseado transicionar (su género) de haber nacido 30 años después. Es curioso cómo primero relaciona la transgeneridad con la misoginia, y luego ella se cuestiona si no hubiese preferido transicionar. Casi me da a pensar que, o bien ella misma tiene un problema de misoginia interiorizada que no sabe cómo gestionar, o incluso algún conflicto de género no resuelto que la lleva a envidiar e invalidar la identidad de les demás (sin ningún derecho, claro está).

En cualquier caso, ella plantea la transgeneridad como si fuese una elección, como si transicionáramos por decisión tomada a la ligera, y como si fuese una especie de solución fácil. Con lo difícil que es ser trans en esta sociedad transfóbica, nadie en su sano juicio lo elegiría de manera consciente. No porque ser trans sea malo, porque no lo es, sino porque la sociedad nos violenta solo por serlo. Nos atacan y persiguen tanto si nos amoldamos lo mejor posible a los estereotipos de género como si no lo hacemos.

Ya he hablado de esto en entradas anteriores (aquí desde una perspectiva más científica y aquí desde una más personal y empírica): que mucha de nuestra disforia sea causada por los estereotipos y las expectativas de la sociedad sobre los géneros no hace que esa disforia sea menos válida y real. Existe, y se sufre muchísimo. Y cada persona trans lo gestiona como puede, no tenemos por qué sufrir toda la carga que ponen sobre nosotres respecto al simbolismo que le quieren dar a nuestras vivencias desde las distintas ideologías. Porque a las personas cis no se les exige tanto.

Yo no transicioné “para escapar de la feminidad”, ni soy misógino por ser transmasculino. De hecho, es bastante al revés. Gracias a que estoy trancisionando puedo manifestar mi feminidad en paz sin que la gente la asocie erróneamente con una identidad que no me corresponde. No estoy huyendo de la feminidad, estoy haciendo las paces con ella. También puedo decir que sí tuve pensamientos y actitudes misóginas antes de identificarme como trans: llegué a odiar todo lo femenino por el resentimiento acumulado de vivir oprimido. Hoy en día respeto mucho más a las mujeres y su lucha, y valoro y aprecio muchísimo más los elementos que socialmente son considerados propios de la feminidad. No obstante, creo bastante poco en que haya cosas propiamente femeninas y cosas propiamente masculinas, pero bueno, lo importante es que no creo que lo masculino sea más valorable ni asigno carga negativa a lo femenino.

En definitiva, ella sugiere la idea de que somos personas confundidas, que como “queremos huir de la feminidad” (lo cual ya expliqué que ni siquiera es así), “elegimos” cambiar nuestra identidad de género (de nuevo, esto no funciona así). De esto concluyo que la única persona confundida aquí es ella, porque con este argumento estuvo asociando todo el tiempo la identidad de género con la expresión de género, cuando sabemos que son dos cosas que van por carriles separados. La identidad es algo intrínseco de cada persona, solo cada une en su fuero interno puede determinar cuál es. La expresión de género es el campo donde usualmente molestan los roles y estereotipos impuestos. Se puede ser transmasculino y tener una expresión de género que la sociedad consideraría femenina. Cualquier combinación es válida.

Por otro lado, ella se manifiesta muy preocupada porque “las niñas”, como ella llama a las personas transmasculinas, desean transicionar porque los “trans activistas modernos” ejercen una influencia negativa con esas “ideas misóginas” (a las que ya me referí en los párrafos anteriores) y una supuesta “teoría de la identidad de género” de la que ella habla con alergia. Es decir, da a entender que las personas transmasculinas son unas pobres “niñas” que no tienen capacidad de pensar por sí mismas y autodeterminar su identidad de género sin ceder a esa supuesta influencia del transactivismo y sus ideas misóginas sobre huir de la feminidad.

Como transactivista, jamás intenté imponer una identidad de género a nadie ni influir en otras personas en el sentido de convencerlas de determinarse como trans y comenzar una transición de género. Jamás se me pasaría por la cabeza hacer una cosa así. Cada vez que alguien me escribe contándome que está cuestionando su identidad de género, yo le animo a tomar el proceso con calma, a informarse mucho, a darse mucho tiempo para procesar todo, y a dar todas las vueltas que necesite.

Siempre resalto que a mí el proceso de cuestionar y determinar mi identidad de género me llevó años. Siempre digo que está perfecto no tener todas las respuestas ya, y aconsejo explorar lo que realmente hace sentir cómode a cada une. Remarco una y otra vez la importancia de no cometer el error de basar la propia vida en experiencias ajenas o en las expectativas de la sociedad, que la identidad y la expresión de género no son lo mismo, y que todes somos válides y diverses.

Siempre aconsejo buscar ayuda psicológica porque a mí, mi terapeuta me ayudó muchísimo en este camino. Hago énfasis en que no hay que tomar decisiones irreversibles a la ligera, y que antes de cambiar algo del propio cuerpo lo mejor es primero intentar aceptarlo. No es necesario someterse a procedimientos médicos para ser válide. Por último, pero no menos importante, siempre les digo a quienes me escriben que no están soles, que se cuiden muchísimo a elles y a sus cuerpos porque sus vidas son importantes y sus cuerpos son sus refugios.

Me consta que este proceder además lo comparto con muchísimes activistas trans. Así que la idea de que estamos ejerciendo una influencia negativa para “convertir” a la gente en trans es un sinsentido inmenso. ¿Saben quién sí ejerce una influencia negativa en la gente? Cierta escritora famosa con millones de seguidores alrededor de todo el mundo aportando a la desinformación y alentando el odio a comunidades vulneradas, odio en el que se basan los ataques que recibimos a diario.

En fin, es en medio de todo este contexto donde ella inserta el dato sobre que en ese grupo de “niñas confundidas” (como nos considera a las personas transmasculinas), las personas autistas estamos “sobrerrepresentados”. Y por eso estoy escribiendo esto hoy: porque soy autista y transmasculino, y no soy una niña (tengo 26 años y estoy harto de que se nos infantilice, tanto a las personas autistas como a las transmasculinas, pero de eso hablaré en otra entrada, como dije más arriba).

No estoy confundido respecto a mi identidad de género (pero lo estuve muchos años cuando la sociedad me quiso forzar a vivir una identidad que no era mía), y sé que eso nada tiene que ver con mi expresión de género (a diferencia de ella que sí parece estar bastante confundida respecto a estos conceptos). No soy misógino por ser transmasculino, y no elegí transicionar para huir de la feminidad o por la influencia del transactivismo. Puedo pensar por mí mismo, puedo cuestionar mi género, descubrirme y determinarme, y fue un proceso de años que no pienso permitir que nadie trivialice como lo hizo esta señora con sus declaraciones. Mi identidad es válida y nadie puede conocerla mejor que yo mismo.

Mi identidad además no invalida la de ella. Porque en cierto punto planteó que su identidad como mujer se veía invalidada o amenazada por nuestra existencia, cuando la única persona que puso en duda su propia identidad fue ella misma al decir que no sabe si no hubiese deseado transicionar de haber nacido 30 años después. Nada cuestionaba su identidad como mujer hasta que ella puso esa extraña frase sobre la mesa. Todo este tiempo ella se estuvo defendiendo de un ataque inexistente, reafirmando su identidad de género como mujer cis una y otra vez cuando nadie dudó de eso. Lo único que le pedimos es que en su proceso de determinación de su propia identidad no invalide la de les demás.

Invalidar la identidad de género de las personas trans es transfobia, pero además, invalidar nuestra identidad de género por ser autistas (para el caso de quienes somos trans y autistas) es capacitismo. Porque sí, al ser autista, tengo cierto grado de discapacidad, y discriminarme o considerarme inferior por eso, es capacitismo. La discapacidad no es algo binario que o no se tiene o se tiene en un nivel extremo. Es más bien como un espectro. Por eso en mi caso, ese grado de discapacidad que tengo al estar dentro del espectro autista significa que necesito cierta ayuda, que aunque no es tanta como en otros casos, mi vida se vuelve mucho más tortuosa si no la tengo. Pero aunque necesite ayuda para determinadas cosas, ser autista no es de ninguna manera un impedimento para conocer mi identidad de género, y afirmar una cosa así es paternalismo y capacitismo.

Queda por tratar entonces un último punto que sigue en el tintero: ¿Por qué considero que los datos que cita en su ensayo son poco fiables? Por un lado, cita datos estadísticos sobre personas trans, y por otro, sobre personas autistas. Luego los solapa. La intersección de dos ámbitos donde el margen de error es grotesco no puede aportar nunca datos confiables. Al día de hoy no hay estadísticas globales que censen correctamente las realidades trans. Hay muchos países y entornos donde las personas trans no pueden reconocer que lo son sin correr un peligro enorme. Hoy por hoy, no se puede confiar mucho en los números que pretenden documentar la realidad trans.

En cuanto al autismo, los criterios de diagnóstico están en pleno cambio y tenemos grandes tasas de diagnósticos muy tardíos. Mi caso es un ejemplo: me diagnosticaron de adulto a pesar de que se me considera un caso “de manual” (bastante cercano a los clichés más popularmente conocidos sobre el autismo). Además, el autismo ha sido ampliamente estudiado en hombres, y los criterios de diagnóstico surgieron de esos estudios, por lo que, si incluso en hombres hay tantos diagnósticos tardíos, en mujeres es mucho más difícil de diagnosticar porque se las evalúa en base a criterios definidos para hombres. Por eso, si los hombres trans están sobrerrepresentados en ese dato que la autora del ensayo cita, es solo porque en general los hombres están sobrerrepresentados en los números sobre el autismo, porque se ha estudiado muy poco en mujeres y se las diagnostica mucho menos.

Como conclusión final vemos que este desafortunado ensayo que tanta atención recibió es un pozo de desinformación, transfobia y capacitismo, y que es su autora la primera persona en estar extremadamente confundida respecto a temas de transgeneridad y autismo. Por lo tanto, quiero primero agradecer inmensamente a quienes se hayan tomado el tiempo de leer todo esto, y quiero también pedir que en lugar de amplificar la voz de agentes externos al tema que opinen sobre nosotres desde la ignorancia, se amplifique nuestras voces, de las personas trans y autistas, porque tenemos derecho a hablar por nosotres mismes. Muchas gracias.

~L. Tukić

lunes, 1 de junio de 2020

[Diversidad] El cuerpo equivocado

Ser trans en una sociedad transfóbica es complicado. Ser una persona de género no binario en una sociedad que piensa y estructura todo en términos binarios es también complicado. Como estudiante de ciencias biológicas sé que la idea de las categorías binarias en la naturaleza es un mito. Escribí ampliamente sobre ese tema en mi entrada sobre la cuestión del sexo biológico.

Nada que esconder
Nada que esconder.
Entre tantas batallas diarias que tenemos que dar las personas trans, la disforia es una de las más desgastantes a nivel mental. Me refiero a la sensación de que el cuerpo no refleja la identidad propia, y de alguna manera en la mente une se visualiza diferente, mientras que sabe que eso que ven les demás no es la percepción que une tiene de sí misme. Es un sentimiento de malestar constante que acarrea bastante frustración y auto-rechazo.

La disforia es real. Incluso hay estudios científicos (a la gente le encanta la expresión “estudios científicos”, acá me refiero a estudios comparativos que implican el análisis de variables fisiológicas asociadas a la actividad neuronal medidas en laboratorio) que constatan la existencia de esa disforia. También hablé más sobre ese tema en la entrada sobre el sexo biológico.

Nos preguntamos si esa disforia, que sabemos que es real, se origina a partir de una predisposición intrínseca que puede ser explicada, por ejemplo, por factores biológicos, o si es fruto de la influencia de constructos sociales en nuestra psicología. Por ahora no tenemos una respuesta definitiva, según el avance en el abordaje del tema desde distintas disciplinas, que no es mucho tampoco.

La disforia es algo que se siente. Usualmente le asignamos un valor negativo, así que va a sonar raro pero lo voy a comparar con algo a lo que le asignamos un valor positivo: los gustos musicales. ¿Por qué me gusta la música que me gusta? ¿Tengo alguna especie de predisposición natural intrínseca a que me guste la música que me gusta? ¿O solo me gusta todo lo que pueda asociar o se parezca de algún modo a lo que me impusieron por ejemplo mis padres durante la infancia?

Esto es solo un ejemplo a los efectos de ilustrar mi punto, que quedará más claro en breve. A mí me gusta mucho el rock progresivo, he crecido rodeado de rock progresivo por influencia de mis padres, desde los 4 años he sido cercano a una comunidad radial en torno a un programa especializado en ese género musical, y tengo muchísimos recuerdos de la infancia y adolescencia que me llenan de nostalgia cada vez que escucho determinadas canciones. Podríamos entonces decir que lo que siento por esa música es fruto de las influencias y las experiencias que me condicionaron. Pero, ¿significa esto que ese gusto musical es “menos verdadero” o menos válido?

Con la disforia pasa lo mismo: creo que ahora mismo no estamos en condiciones de establecer límites precisos entre qué parte de nuestro sentir estaba predeterminado por variables biológicas o incluso genéticas y epigenéticas, y qué partes son producto de la interacción con el medio, o sea, con la sociedad en la que nos tocó crecer. Pero eso no significa que no exista y que no sea un sentir que a muchos nos trae bastante dolor y frustración. Existe, y tenemos que hacer algo con eso, porque a muchos no nos deja vivir en paz.

Cada día de mi vida batallo contra esa disforia, y desde hace ya tantos años, que terminé olvidando cuándo la sentí por primera vez. Algunos días llego a sentirme mejor, otros tengo “recaídas”. Constantemente me esfuerzo por tratar de convencerme a mí mismo de que mi cuerpo está bien, al contrario de lo que me han hecho creer toda mi vida. No obstante, cuando salgo a la calle y la gente no respeta mi identidad, cuando se refieren a mí con pronombres que no son los que me corresponden, lo único que puedo pensar es “quiero cambiar todo mi cuerpo ya”.

Para peor, no se ven demasiado los cuerpos como el mío. Hace unos días me dediqué a buscar exhaustivamente en Google para corroborar que lo que digo es cierto. En mi búsqueda encontré y vi casi todo tipo de cuerpos, pero hallé solo uno del que pude decir “este cuerpo es como el mío”. Es como si a los cuerpos como el mío hubiese que ocultarlos. Están prohibidos, no se pueden mostrar con orgullo, dan asco.

Hay una idea de “cómo se debe hacer una transición de género”, como si fuese una lista de cosas que uno tiene que ir tachando. La ropa, el corte de pelo, el tratamiento de reemplazo hormonal, las cirugías. Yo no sé si quiero cirugías, honestamente. No lo sé. Tengo que sopesarlo con calma y todavía no me planteé ponerme a ello. ¿Eso me hace menos trans o menos válido? (Spoiler: no).

Si el cuerpo de una persona trans ya es un tabú, más aún lo es el que no pasó por todos los ítems de esa lista de “pasos a seguir para una transición de género”. Veo bastante el típico cuerpo trans masculino con las cicatrices de mastectomía en el pecho y muchas horas de gimnasio arriba. Yo no soy así. Mi cuerpo ni se parece a esos, ni se va a parecer jamás. Pero mi cuerpo existe, y es el que es.

Como sociedad, creamos dos (solo dos) categorías de género a las que asignamos arbitrariamente todo un paquete de características y atributos. Salir de ese esquema hoy en día parece solo estar permitido si estás dispuesto a atravesar la mayor cantidad de pasos posibles para ir de un extremo del esquema binario al otro. Mucha gente incluso sigue usando las siglas “MTF” (“Male To Female” o “de hombre a mujer”) y “FTM” (“Female To Male” o “de mujer a hombre”) para clasificar a las personas trans, como si fuésemos objetos que salen de un cajón para meterse en otro.

Más aún, al día de hoy todavía hay gente que sigue hablando de “transexualidad” en lugar de “transgeneridad”, cuando de todo lo que he escrito aquí se deduce clarísimo por qué el primer término es incorrecto, además de que tiene detrás una carga histórica patologizante hacia las personas trans. Pero esa es otra discusión.

Volviendo al hilo de la disforia, hay una idea muy arraigada en la gente que es la del “cuerpo equivocado”. Nacimos en un cuerpo equivocado. Eso nos dicen, y eso repetimos muchos de nosotros hasta que nos planteamos seriamente el asunto. ¿Qué significa que el cuerpo esté equivocado?

Entiendo que la naturaleza no es perfecta ni infalible, y muchas veces cargamos con padecimientos físicos que perjudican nuestra calidad de vida. Yo tengo por ejemplo un combo de problemas respiratorios que condicionan mi rendimiento físico. Pero eso son patologías. Ser trans no es una patología.

La idea del cuerpo equivocado viene de asociar los distintos aspectos del sexo biológico (mal entendidos como un paquete indivisible) con el género de una persona, que es un aspecto de la identidad. El concepto se cae a pedazos apenas entendemos que el sexo biológico no es lo que nos dijeron que era, sino un combo de factores diversos, un espectro lleno de posibilidades y excepciones, nada binario, y que además tampoco está vinculado al género de una persona.

Me gusta pensar que algún día entenderemos que el cuerpo no tiene nada que ver con el género. Que no se nace en el cuerpo equivocado. El cuerpo es el que es, y el género no tiene nada que ver, ni los pronombres, ni la identidad y la esencia de uno. Que determinadas características no le dan a otres el derecho de referirse a une con los pronombres que no le identifican.

Pero para que eso ocurra, tenemos que ser conscientes de dónde estamos errando conceptualmente como sociedad. Eso implica normalizar todos esos cuerpos que se alejan tanto de lo que ahora se considera el cuerpo estándar de una persona cisgénero (“cis” = “no trans”) que hoy en día los ocultamos y rechazamos aún cuando son nuestros propios cuerpos.

Mi cuerpo no está equivocado
Mi cuerpo no está equivocado.
Visibilizar y normalizar todo lo que existe fuera de los cajones binarios que construimos como trampas que nos tendimos a nosotres mismes. Porque no todas las vivencias trans son iguales, ni siguen la misma lista estructurada de pasos a ir completando. Por la razón que fuera, se me ocurren unas cuantas, y son todas igual de válidas. Porque todes somos diferentes y vivimos la disforia y nuestra relación con el cuerpo propio de maneras diversas.

Está perfecto si alguien quiere o no quiere someterse al tratamiento de reemplazo hormonal (en mi caso por ejemplo he decidido hacerlo solo por un tiempo específico, pero hablaré de eso en otra entrada futura), está perfecto si desea o no desea someterse a intervenciones quirúrgicas. Está perfecto usar o no usar maquillaje, independientemente del género, o internarse o no en el gimnasio, o cortarse el pelo de tal o cual manera, o vestirse con cualquier tipo de ropa, porque eso de que la ropa tiene género es tan ridículo…

Está perfecto lo que une desee hacer con su imagen y su cuerpo y nada de eso quita que la gente debe respetar los pronombres (y preguntarlos, no asumirlos) siempre. Está perfecto ser trans, tanto como ser cis. Existimos, somos diverses, y esa diversidad es hermosa. No hay nada de lo que avergonzarse, no hay nada que ocultar.

Y mi cuerpo, que nunca se va a parecer a ninguno de los cuerpos que hoy parecen ser los que gozan el privilegio de la aceptación, este cuerpo existe, es válido, y va a estar perfecto en la medida en que me haga feliz, independientemente de cuántas veces me hayan querido hacer pensar que era un cuerpo equivocado. Solo yo puedo decidir cómo quiero que sea mi transición de género, qué pasos quiero dar y cuáles no, y qué resultados espero, de acuerdo a cómo vivo mi identidad y cómo me siento bien conmigo mismo. Y nadie debería opinar sobre mi cuerpo y mucho menos tratarlo como si fuese algo repulsivo, porque no lo es.

El único cuerpo equivocado es la sociedad que se adjudica el derecho de elegir mi identidad y mis pronombres por mí, basándose en una elección arbitraria de rasgos de mi cuerpo. Contra eso tenemos que luchar, no contra nosotres mismes.

Me despido con una canción, “Transgender Dysphoria Blues” de la banda estadounidense de punk rock Against Me! (liderada por la cantante y guitarrista Laura Jane Grace, que compuso esta canción a partir de su propia vivencia trans). Un verdadero himno de nuestra lucha contra esa disforia, que a mí en lo personal me llena de energía para seguir dando batalla.



~L. Tukić

lunes, 27 de abril de 2020

[Relato] El hombre carbonizado

El siguiente relato forma parte de mi primer libro, Reflexiones y refracciones, publicado en 2018.

[Advertencia de contenido: violencia de género / feminicidio.]

El hombre carbonizado


El hombre carbonizado sigue ahí. Me mira desde la puerta frente a la mía. Yo solo moví la cortina a un lado y entonces lo vi, a través del vidrio. Su puerta está abierta y él está atravesado en el umbral, con sus manos firmes apoyadas en el suelo. Mira hacia arriba, desde abajo, y no llego a ver sus piernas. Capas irregulares de ceniza oscura cubren todo su cuerpo. Menos sus ojos: a veces están ahí, a veces no los veo. Se mueve. O no. Intenta salir. Está huyendo. No, está viniendo a buscarme. ¿Por qué a mí? Yo no lo conozco, pero siempre estuvo ahí. No sé cómo era antes, ni siquiera sé si es un hombre o una mujer. Solo puedo visualizarlo como una silueta negra caminando por la ciudad.

Lo veo en la peatonal, cruzando de lado a lado, interceptando a la gente y tratando de decir algo. Todos pasan de él, siguen su camino, lo ignoran. Lo veo sentarse en el umbral de un edificio público, resignado, aún intentando hablar con la gente que pasa demasiado cerca. Lo veo entrar a la comisaría, y salir al rato, igual que como entró. Nada cambia para él, porque nadie lo escucha. No puedo ver más que su silueta negra, cenicienta, arrastrando los pies, arrastrando su vida. Se cubre el rostro para viajar en el transporte público. Usa unos lentes oscuros, los más grandes que pudo conseguir. Pero ahora sus ojos están ahí, mirándome, desde su umbral. Y me miran con miedo y odio a la vez. ¿Por qué a mí?

En una ventana, frente a mi puerta, a unos metros de la del hombre carbonizado, hay alguien. Sentí su presencia por el rabillo del ojo y giré para ver. Es una silueta pálida. Puedo adivinar en ella un camisón blanco y un cabello rizado cubierto de canas. Al igual que yo, no hace nada, solo observa. ¿Qué mira? ¿Al hombre carbonizado? ¿A mí? ¿Se preguntará por qué yo no estoy haciendo nada, mientras yo me pregunto por qué ella no hace nada? En un segundo, su existencia desaparece de mi mente, porque no puedo quitar un instante más la vista del hombre carbonizado. Por momentos creo que se mueve. Por momentos siento que tras él, dentro de la oscuridad al otro lado de su puerta, hay alguien. Alguien que de a ratos pasa caminando de un lado al otro.

Está nervioso, tiene miedo, al igual que nosotros, por el hombre carbonizado, porque todos sabemos que no es normal que esté ahí, expuesto, mostrando a todo el mundo una verdad que queremos ignorar. Sé quién es él, es la única persona que podría estar allí dentro. Creció en esa casa, en el barrio lo conocemos desde que era pequeño. Pero el hombre carbonizado es una incógnita. Mis ojos permanecen fijos en él. Es lógico pensar que está muerto, porque vamos, es un hombre carbonizado. Pero aún así, lo vigilo con pavor, como si pudiese sentir que en algún momento se levantará y nos arrastrará a todos con él. No sé quién es. Yo lo ignoré. La gente de la peatonal lo ignoró. La gente del transporte público lo ignoró. Y por eso hoy está allí para que todos lo veamos. Con sus últimas fuerzas decidió arrastrarse hasta la puerta para que nadie pueda decir que no vio lo que ocurrió.

Esa es la verdad que no queríamos afrontar. El hombre carbonizado está muerto por nuestra culpa. Y todos estamos condenados a verlo en nuestras pesadillas por todo lo que no lo vimos en la realidad. Lo veremos trepando por las paredes de nuestra casa, entrando por la ventana, y carbonizándonos a nosotros también con solo tocarnos. Porque todos pudimos evitarlo y nadie lo hizo. Porque nadie la vio como un hombre carbonizado el día que llegó a la casa del muchacho. Porque todos pensamos que era una persona extraña de la que había que alejarse, cuando la veíamos pasar cubriéndose el rostro, cuando, a diferencia del muchacho, ella no nos saludaba. Porque todos comentamos que algo raro ocurría dentro de esas paredes, porque todos notamos los movimientos fuera de lo común, la policía, los gritos, las marcas de golpes que ella intentaba ocultar. Pero nadie hizo nada, y ahora es un cadáver a la espera de la verdad, mientras que tras ella se ahoga en desesperación un hombre con la mente carbonizada.

~L. Tukić
06.03.2018

lunes, 20 de abril de 2020

[Lectura] “La chica danesa” —David Ebershoff

La chica danesa - David Ebershoff
Título: La chica danesa.
Título original: The Danish Girl.
Autor: David Ebershoff.
Publicación: 2000.
País: Estados Unidos.
Páginas: 352.
Géneros: Novela, histórica, drama.

«Einar sólo conseguía concentrar su atención en la seda que le cubría la piel como una venda. Sí, así le había parecido la primera vez: la seda era tan fina y móvil, que casi se diría gasa, una gasa empapada de bálsamo que le caía delicadamente sobre una piel enferma y la curaba. Incluso el apuro de estar en pie ante su mujer comenzó a dejar de preocuparle, porque la veía absorta en su pintura con una intensidad totalmente ajena a ella. Einar empezaba a sumirse en un vago mundo de sueños en el que el vestido de Anna podía pertenecer a cualquiera, incluso a él.»

El libro de la reseña de hoy es especial para mí porque fue con el que entré al #Clubdelectura.uy, allá por noviembre de 2017, cuando tocó el mes temático de historias basadas en hechos reales. En sí era un libro que ya tenía ganas de leer desde antes, tras haber visto la película homónima de 2015. En esta entrada me dedicaré más que nada a contarles mis impresiones sobre el libro, aunque incluiré algunos comentarios breves sobre la película.

La novela se basa en la vida de Lili Elbe, reconocida como la primera persona en someterse a una cirugía de reasignación de sexo. La historia comienza en Copenhague, Dinamarca, en 1925, cuando Lili aún era conocida como Einar Wegener y socializaba como un hombre. Greta, su esposa, también pintora, le pide el favor de que suplante a su modelo para un cuadro, un día que esta no puede acudir a la cita. Para ello, Lili debe posar con la ropa de esta modelo, y aunque al principio intenta negarse, termina haciéndolo y descubriendo en el camino algunas sensaciones que estaban muy enterradas en su ser.

A partir de esta escena, Lili comienza a utilizar este nombre para socializar en contadas ocasiones, alentada por su esposa, en las que se viste de un modo femenino y se hace pasar por “una prima de Einar”. Con ello, poco a poco vemos como las dudas sobre su propia identidad comienzan a surgirle mientras va descubriendo que se siente mucho mejor viviendo el género femenino.

La veremos entonces pasar por situaciones de euforia en las que disfruta la vida que no pudo permitirse antes, pero también tendrá que atravesar varias dificultades que constituirán los elementos más dramáticos de la historia. En una época en que la transgeneridad era un tema tabú, Lili hallará al principio grandes problemas para entender lo que le sucede, y pronto se encontrará con la resistencia de su tiempo, las terapias médicas de aversión, y la confusión de su propia esposa, que igual intenta apoyarla a pesar de todos sus miedos y dudas.

David Ebershoff
David Ebershoff

En su momento disfruté bastante la lectura de este libro. En algunos pasajes noté que la narrativa se tornaba un poquito tediosa, pero en mi caso no fue lo suficiente como para impedirme leer la novela completa en dos días. De hecho, destiné todo un fin de semana solo a leerla, y en ningún momento sentí la necesidad de despegarme de ella porque me causara aburrimiento. Tal vez, eso sí, mi nivel de interés decaía un poco cuando leía los capítulos que profundizaban en el personaje de Greta.

Hablando de Greta, creo que su trasfondo es lo que más se aleja de los hechos que inspiraron el libro, ya que la persona en quien se basa es Gerda Gottlieb, de origen danés al igual que Lili. En el libro, aparece como Greta Waud y proviene de Pasadena, California, al igual que el autor del libro. Todos los detalles sobre su pasado son un añadido ficticio, y en lo personal no lograron captar demasiado mi atención.

La historia de Lili, por otro lado, me había conmovido al ver la película, por ver reflejados momentos de mi propia vivencia como persona trans. Al leer la novela, encontré incluso más profundidad en la identificación con la protagonista, sobre todo con la forma en que va descubriendo su género, y su gran confusión inicial. La identificación de Lili con el género femenino va llegando en ráfagas, de forma progresiva, y eso incluye el recordar vivencias y sensaciones de su pasado que tal vez de forma subconsciente ella había tratado de ocultarse a sí misma. La negación es bastante común entre las personas trans que aún no han asumido su identidad de género, es algo que a mí me ha pasado también. Y la emoción y el miedo al descubrir esa euforia escondida, el deseo de explorarla y conquistarla, es algo en lo que me vi reflejado y me conmovió mucho.

También me conmovió todo el apoyo que recibió Lili, en especial de parte de su esposa, que sin comprender del todo, y llena de interrogantes, decide priorizar el demostrarle a Lili el profundo amor que profesa por ella, y apoyarla incondicionalmente. Además es Greta quien termina contactando a Lili con otras personas que la apoyarán muchísimo a lo largo de su transición de género. Las personas trans solemos tener miedo de perder a nuestros seres queridos al asumir nuestra identidad de género, por lo que esa demostración de apoyo y acompañamiento logró emocionarme. No obstante, todo sea dicho, la gran preocupación de Greta por Lili en ocasiones roza la sobreprotección y llega a tener un par de actitudes posesivas cuestionables.

Lili Elbe
Lili Elbe

En general, me identifiqué bastante con la forma en que el autor reflejó la confusión de identidad de Lili, porque como mencioné en mi entrada sobre mi transición de género, yo no tuve desde siempre la oportunidad de saber que mi identidad de género no era la que según los demás se suponía que debía ser, y no saber que mi sentir era válido me trajo muchos años de malestar y dudas. Es razonable que si toda la vida a uno le dicen que debe ser de una manera, y lo castigan si intenta llevar la contraria a eso, al final uno un poco termina creyéndolo y se vuelve muy difícil aceptar que no tiene por qué ser así. Y en el afán de buscar una explicación cuando no se tiene tanta información, uno termina creándose la narrativa que puede con las herramientas que tiene.

Sin embargo, me preocupa que, por momentos, lo que ocurre en la mente de Lili parece más bien narrado como si fuese un Trastorno de Identidad Disociativo (TID), que no es lo mismo que ser una persona trans y una cosa no implica la otra. Es decir, se nos presenta a Einar y a Lili como dos identidades o fragmentos disociados de su personalidad, incluso llegando a sugerir episodios de amnesia o falta de consciencia mutua sobre las acciones de la otra identidad. Errores de este tipo contribuyen a la desinformación, tanto sobre la transgeneridad como sobre los trastornos disociativos, por lo que me gustaría que el autor hubiese cuidado más este aspecto. Si les interesa saber más sobre el TID o sobre otros trastornos disociativos, les recomiendo el canal de YouTube de Long Soul System, una paciente de TID muy informada, que además está estudiando Psicología, y me parece la mejor manera de conocer de primera mano la experiencia de alguien que vive con esta condición.

Para ser un libro basado en hechos reales, tiene más componente ficticia que histórica. No recomendaría este libro para alguien que está buscando información sobre la transgeneridad. Tampoco lo recomendaría para quien busca leer por primera vez algo de ficción sobre el tema (en ese caso trataría de buscar algo escrito por alguien trans, y este libro no es el caso). Pero a pesar de los errores y ambigüedades conceptuales que encontré, me parece que el libro genera cierta empatía y conmueve, y esa es mejor forma de poner un tema sobre la mesa que desde el rechazo y el morbo. Lo recomiendo para quienes disfrutaron la película y quieren conocer el libro en que se basó.

Sobre la adaptación cinematográfica, tengo sentimientos encontrados. En general me emocionó bastante ver la película por lo mucho que me identificaba con el descubrimiento de Lili de su identidad de género. Me entusiasmaba también la idea de que mucha gente la viera y gracias a eso empatizaran con las personas trans. Pero, a pesar del papel brillante que hace Eddie Redmayne como Lili Elba, me indigna un poco el hecho de que hayan escogido a un actor hombre cis para interpretar a una mujer trans.

Las personas trans solemos tener grandes problemas para conseguir trabajo (por ejemplo, yo ya llevo cinco meses buscando empleo), nos enfrentamos a la discriminación y estigmatización en muchos ámbitos, y me dolió ver que ni siquiera encontraran en un personaje trans la excusa para contratar a una persona trans para interpretarla. A futuro, me gustaría que se tuviera en cuenta a las personas trans a la hora de retratar nuestras historias y vivencias. Tenemos voz propia, queremos ser escuchades. Y queremos trabajar.

Léan autores trans, y si quieren escribir historias sobre personas trans, háganlo en diálogo con nosotres. Contraten actores trans para interpretar personajes trans, o al menos actores del mismo género del personaje. Si no se estila que un hombre cis interprete a una mujer cis, ¿por qué sería diferente con una mujer trans? Es como poner a un actor blanco a interpretar a un personaje negro, así de absurdo lo veo. Visibilizarnos es el primer paso, pero aún estamos lejos de estar en igualdad de condiciones y derechos respecto a las personas cis. Queremos dejar de ser relegados.

~L. Tukić