lunes, 30 de marzo de 2020

[Lectura] “Un día de invierno” —Paula Gallego

Un día de invierno - Paula Gallego
Título: Un día de invierno.
Autora: Paula Gallego.
Publicación: 2017.
País: España.
Páginas: 426.
Géneros: Novela, realismo, romance, juvenil.

«Sé lo que ha pasado. Cuando el caos estalla a su alrededor, intenta olvidarse de aquellas cosas que escapan a su control y busca el orden en algo que sí controla. Los malditos aviones. Quiere ver bien a los aviones.»

Un día de invierno es la historia de tres hermanos alemanes que huyen a Dinamarca en plena Segunda Guerra Mundial. La trama se centra en las dificultades que van surgiendo a los protagonistas mientras intentan sobrevivir escapando de los soldados nazis. En particular, el libro se enfoca sobre todo en las personalidades de estos personajes y su relación entre ellos y con otros que van conociendo a lo largo de su viaje. Y es ese mismo su gran punto fuerte y el que hace que esta novela resulte tan conmovedora.

Escuché hablar de este libro por primera vez en la presentación de Escarlata Ediciones en la Feria del libro Infantil y Juvenil de 2018 en Montevideo, Uruguay. Recuerdo que Nazarena, de la librería La Libélula, fue quien comentó lo que llamó mi atención en primer lugar sobre esta obra, y lo que me hizo decidir leerla. Me refiero a Joren, uno de los protagonistas (del que hablaré en detalle más adelante), con las particularidades de su personalidad. Encontré luego la mejor oportunidad para leerlo al sumarme a participar de la lectura conjunta #LCInvierno que organizaron Ana y Zesu.

Como dije al principio, el foco de la historia está más que nada en los personajes, sus personalidades y relaciones, por lo que los eventos se suceden de manera lenta. Lo cual no significa que la narración sea tediosa, sino todo lo contrario. Hay varios picos de tensión en la historia que me mantuvieron enganchado de principio a fin. Cada momento del día que no estaba leyendo el libro, estaba pensando en lo mucho que deseaba continuarlo y saber qué le esperaba a los protagonistas. Además, a pesar del avance lento de la historia, tuve todo el tiempo la sensación de no tener un respiro, porque cada vez que las cosas parecían calmarse, algo ocurría que aumentaba otra vez la sensación de peligro y la intriga.

Paula Gallego
Paula Gallego

La narración es en primera persona, tiempo presente, lo que nos sumerge en la perspectiva de la mayor de los tres hermanos, Karan. Ella, de 17 años, queda a cargo de sus hermanos Joren, de 14, y Annemette, de apenas 4. Por momentos es desgarradora la sensación de sobrecarga que tiene ella respecto a esa responsabilidad, la vemos luchar constantemente por el bienestar de sus hermanos en entornos donde de verdad que la tienen muy difícil.

Entre los personajes que encuentran en el camino, Derek se distingue por su rol protagónico. Con el avance de la trama vemos desarrollarse un tierno romance entre él y Karan. Todo sea dicho: no soy muy de leer historias con gran contenido de romance. Pero tengo que reconocer que en este caso hay algo particular que me pareció hermoso y digno de destacar. A medida que leía, sentía como si faltara algo, y descubrí que la sensación venía de que estoy demasiado acostumbrado a que los romances vienen asociados a una cantidad de situaciones y actitudes tóxicas, que aquí no están presentes. Ojalá leyéramos más romances de este estilo. Acá el drama lo aporta la guerra, y las distintas formas de amor entre los personajes son el alivio que los mantiene a flote.

La diversidad de personajes que se van uniendo al grupo de jóvenes le da una linda riqueza de perspectivas a la historia. En particular me gustó mucho la trama personal de Berit y Erika, me pareció de los elementos más conmovedores del libro. Y me desquicié un poco con Bibi, al igual que con Anne (la menor de los tres hermanos, pero bueno, tiene solo 4 años y sus actitudes resultan bastante lógicas a pesar de lo exasperantes).

Joren es todo un caso. En el libro no lo dice de forma explícita, pero es evidente que está en el espectro autista. Y lo digo porque como autista me sentí identificado con la gran mayoría de las situaciones que lo involucran. Mi personaje favorito, por supuesto. Por eso decidí abrir esta reseña con una frase sobre él. Porque yo también busco el orden en lo que controlo cuando la situación de mi entorno me satura. Y yo también tengo intereses restringidos, como Joren tiene sus aviones. Joren es una excelente representación, en mi opinión. Ya desde que aparece contando los tornillos en el tren supe que me iba a identificar muchísimo con él. Y literalmente salté del asiento cuando leí que no se daba cuenta de que tenía que ayudar a su hermana si no se lo pedía expresamente. Porque a mí también me pasan esas cosas.

¿Por qué me parece perfecto que en el libro no se mencione de forma explícita que Joren es autista? Simple: el libro está ambientado en 1940, y fue recién en 1943 cuando Leo Kanner y Hans Asperger describieron por primera vez, y casi en simultáneo, distintos grados del espectro autista. Eso no quita que la representación esté ahí: es más que evidente. Karan dice con sus palabras que su hermano es “especial”. No es mi término favorito, pero tenemos que entender la ambientación de la novela. Joren es autista, y no necesitamos que se lo etiquete así, sobre todo cuando aún no se hablaba de ello, para saber que en efecto lo es.

Lo último que quiero comentar sobre este libro, que está claro que recomiendo mucho, es su final. Tranquilidad, no pienso hacer spoiler. Solo mencionar que es bastante particular, que me encantó, y que sin duda le da un valor agregado al libro. Aunque tengo que confesar que en un principio, apenas terminé de leerlo, no lo entendí, y no me cayó la ficha hasta que me reuní a discutirlo con el resto de participantes de la lectura conjunta #LCInvierno (terrible despiste lo mío). Por supuesto, aquella reunión ocurrió un día de invierno, compartiendo un par de tés para dos entre tres.

#LCInvierno
#LCInvierno
~L. Tukić

lunes, 23 de marzo de 2020

[Lectura] “Buenos presagios” —Neil Gaiman & Terry Pratchett

Buenos presagios - Neil Gaiman & Terry Pratchett
Título: Buenos presagios: las buenas y acertadas profecías de Agnes la Chalada, bruja.
Título original: Good Omens: The Nice and Accurate Prophecies of Agnes Nutter, Witch.
Autores: Neil Gaiman, Terry Pratchett.
Publicación: 1990.
País: Reino Unido.
Páginas: 491.
Géneros: Novela, fantasía, humor.

«Many people, meeting Aziraphale for the first time, formed three impressions: that he was English, that he was intelligent, and that he was gayer than a tree full of monkeys on nitrous oxide. Two of these were wrong; Heaven is not in England, whatever certain poets may have thought, and angels are sexless unless they really want to make an effort. But he was intelligent. And it was an angelic intelligence which, while not being particularly higher than human intelligence, is much broader and has the advantage of having thousands of years of practice.»

El Armagedón es inminente y el mundo se ha convertido en un lugar mucho más caótico y absurdo de lo habitual, lo que no es poco decir. Contra las fuerzas que impulsan el fin de la Tierra y la humanidad, veremos trabajar juntos a nuestros protagonistas de esta historia: el ángel Aziraphale y el demonio Crowley. En el medio estarán involucrados también el Anticristo y su grupo de amigos (niños de 11 años), brujas y cazadores de brujas, las altas esferas del Cielo y el Infierno, y los jinetes (o mejor dicho, los motoqueros) del Apocalipsis.

Esta será una reseña doble, porque hablaré tanto del libro como de su más reciente adaptación (la serie Good Omens de 2019). Es que en mi cabeza ambas versiones de la historia se complementan muy bien y me resulta muy difícil hablar de una sin la otra. De por sí, y tal vez porque la mayor parte de mi vida viví en un frasco de mermelada en lo que se refiere a conocer sobre literatura en inglés, supe de la existencia del libro luego de ver que mucha gente de mis círculos estaba hablando de la serie.

A Good Omens llegué por mera curiosidad, porque eran las personas “indicadas” las que no paraban de aludir a Crowley y Aziraphale, esas personas que por diversas razones admiro y confío en su criterio. Recuerdo que cuando empecé a ver la serie me pregunté “¿Qué diantres estoy mirando?”. Hasta que sonó Queen y apareció el Bentley, el auto de Crowley. Entonces me supe afortunado por haber entrado en esto. Más aún cuando vemos por primera vez a Aziraphale en su particular librería, escuchando ese Quinteto de cuerdas en do mayor de Franz Schubert que tanto me gusta. Ahí toqué el cielo con las manos, después de haberme prendido fuego con Bohemian Rhapsody. “Esta serie lo tiene todo”, recuerdo que pensé.

Después de ver la serie no podía quedarme solo con eso, así que busqué el libro. Lamentablemente en Uruguay es imposible conseguirlo impreso, menos en español. Tuve que recurrir al ebook. Estoy deseando que vuelva a estar disponible en español por acá, me parece una falta de visión enorme que el libro no esté disponible justo ahora que salió la serie. Y bueno, lo necesito en mi biblioteca como he necesitado pocos libros en mi vida.

Neil Gaiman & Terry Pratchett
Neil Gaiman & Terry Pratchett

Nunca había leído a Neil Gaiman ni a Terry Pratchett, así que con este libro los conocí. Mi siguiente objetivo es conocer a cada autor por separado, leer algo de cada uno, creo que me dará una perspectiva diferente si algún día vuelvo a leer este libro (lo que es probable que ocurra). Además hay que tener en cuenta que Buenos presagios es de 1990, cuando ambos autores estaban en las etapas iniciales de sus carreras como escritores. Si así empezaron, seguro me encantará leer cosas más nuevas de ellos.

Hablando del libro en sí, tenemos una situación bíblica tratada desde la sátira. No recuerdo que otro libro me haya hecho reír en voz alta mientras lo leía en el transporte público. Las notas al pie son una joya, amé cada una de ellas, nunca había visto ese recurso humorístico antes. Lo interesante es que, entre risa y risa, encontramos críticas sociales que, 30 años después de la publicación de la obra, están más vigentes que nunca. En términos globales, el libro me pareció maravilloso.

El estilo narrativo acompaña el absurdo, el caos y la fantasía de la trama. Por un lado la estructura fragmentada presenta en simultáneo una cantidad de eventos que se interrumpen entre sí. Tengamos en cuenta que la narradora de esta historia es Dios, y bueno, me parece razonable que su omnipresencia no sea fácil de interpretar para nosotros los simples mortales. Por otro lado las imágenes utilizadas para las descripciones de fenómenos imposibles muchas veces resultan igual de mágicas que los hechos en sí, lo que crea una atmósfera que invita al lector a entregarse a creer lo que venga.

Dicho todo esto, me queda por comentar el que creo que es el punto más fuerte del libro, que son los personajes en sí. Todos muy bien construidos, y sobre todo muy carismáticos y entrañables. Es imposible no quererlos, especialmente a los protagonistas, Crowley y Aziraphale. Ellos dos en particular se han convertido en mis dos personajes ficticios favoritos (más adelante tendré que dedicar alguna entrada a hablar del nivel de identificación que tengo con Aziraphale y todo lo que eso significó para mí).

Good Omens
Michael Sheen como Aziraphale y David Tennant como Crowley
en la serie “Good Omens” de Amazon (2019)

La serie Good Omens son apenas seis episodios de una hora, los cuales he de reconocer que ya he visto casi unas diez veces (¿Obsesionado, yo?). Era el deseo de Terry Pratchett, quien falleció en 2015, que existiera una adaptación así de la obra. Lamentablemente nunca llegó a verla, creo que le habría encantado. El mismo Neil Gaiman estuvo muy involucrado con la realización de la misma, como guionista y productor. El resultado es inmejorable.

En la serie se conserva y explota muy bien el humor del libro, y las particularidades de su estilo narrativo. Pero hay diferencias. Según comentó Gaiman, había conversado con Pratchett en el pasado sobre una posible continuación del libro, y habían barajado algunas ideas. Dado que nunca se llegó a concretar, decidió aprovechar esas ideas para introducir algunos cambios en la trama al hacer la serie. No son grandes cambios, pero considero que lograron que me pase con Buenos presagios algo que jamás me había pasado antes: la adaptación me gustó más que el libro.

De por sí, uno de los cambios más obvios es que, si el libro se centraba más en el demonio Crowley como protagonista principal, en la serie se le da más profundidad al ángel Aziraphale (lo cual me compra por completo porque como ya comenté, es mi personaje de ficción preferido), quedando ambos más emparejados. Por cierto, y tengo que decirlo, qué excelente trabajo hacen David Tennant y, en especial, Michael Sheen como Crowley y Aziraphale respectivamente. Conocía de antemano a Tennant, pero Sheen siempre había pasado desapercibido para mí, y después de verlo como Aziraphale, lo empecé a ver en varias películas y me di cuenta de lo versátil que es, me impresiona su capacidad interpretativa, no creía que otro actor fuese a impactarme tanto desde que falleció Alan Rickman, que era mi actor favorito.

Otro elemento que me compró por completo es la banda sonora de la serie. Las piezas originales fueron compuestas por David Arnold y son espectaculares, todas con una instrumentación que juega con la dualidad de conceptos entre lo celestial y lo infernal. El tema de apertura es un vals en torno al que gira buena parte del resto de la musicalización, y al que han hecho versiones diferentes para los créditos de cada episodio. Otro punto alto es la música de la introducción del tercer capítulo (la parte previa a la secuencia de apertura, que no voy a hacer spoiler pero es mi parte favorita de la serie). Bueno, hay varias más, no podría mencionarlas todas y con algunos de sus títulos me arriesgo a spoilear eventos cruciales de la trama. Todo esto complementado con oportunas canciones de Queen (imaginen mi reacción, yo que soy fan de la banda), y algunas piezas de compositores clásicos como Franz Schubert, Thomas Tallis, Mozart… En fin, un deleite.

Quiero comentar que estoy escribiendo esta reseña mientras escucho la banda sonora de la serie, y como ya está por terminar, debería considerar darle un cierre a esto. Es difícil para mí dejar de hablar de Buenos presagios, porque desde que llegué a esta obra se convirtió en uno de mis intereses restringidos (de hecho he identificado en Aziraphale algunas de mis propias características como persona autista, pero de eso hablaré en otra entrada, como dije antes). Es probable que en el futuro escriba algún que otro artículo “satélite” de esta reseña, porque a nivel personal este libro y su adaptación me han impactado e incluso ayudado mucho más de lo que podría haber imaginado.

Como es evidente, recomiendo esta obra con todo el énfasis y euforia que me es posible. Llevo ya seis meses hablándole a todo mi entorno del tema, y no tiene pinta de que eso vaya a cambiar en el corto plazo. Por suerte tengo a los mejores amigos del mundo, que no solo la vienen piloteando bárbaro, sino que además me regalaron para mi cumpleaños el gusto de compartir con ellos una jornada maratónica en la que vimos toda la serie de corrido. Bueno, eso y algo más:

Regalo de cumpleaños
Prueba de que mis amigos saben cómo hacerme feliz

¿Leyeron el libro? ¿Vieron la serie? ¿Piensan hacerlo? Por mi parte estaré encantado de darles la bienvenida a esta historia a quienes aún no hayan tenido el placer de conocerla. Y si ya la conocen, siempre estoy más que dispuesto a intercambiar opiniones y memes. En esta reseña me he mordido la lengua para no hacer spoiler, pero en futuras entradas me detendré a analizar ciertos aspectos de esta obra que son de mi particular interés. ¡Hasta el próximo lunes!

~L. Tukić

lunes, 16 de marzo de 2020

[Lectura] “Cuentos de las tierras olvidadas” —Claudia L. Córdoba

Cuentos de las tierras olvidadas - Claudia L. Córdoba
Título: Cuentos de las tierras olvidadas.
Autora: Claudia L. Córdoba.
Publicación: 2015.
País: Uruguay.
Páginas: 107.
Géneros: Antología, fantasía, infantil.

«En un pueblo muy lejano del norte de Dinlor vivía una hermosa joven de piel oscura y cabellos negros como la noche estrellada. Su nombre era Diana, y no era una princesa ni nadie importante, pero todos la admiraban por su bondad e inteligencia.»

Si pudiera elegir un libro, uno solo, con el que me hubiese gustado crecer, elegiría este. Mis padres no tenían la costumbre de leerme cuentos durante mi infancia, pero hubiese adorado que me leyeran estos relatos cuando era chico. Casi no leía ficción en ese entonces, más bien crecí leyendo libros de divulgación científica para niños, y estaban muy lindos, sí, pero también me hubiese encantado tener lecturas de ficción a mano. Cuentos de las tierras olvidadas hubiera sido ideal.

De todos modos los tiempos no encajan, porque este libro fue publicado en 2015, en el marco del Concurso MMIRG de la editorial Fin de Siglo. El nombre de la convocatoria invierte el apellido de los hermanos Grimm, y es que la idea era crear cuentos infantiles del estilo de los tradicionales, pero revisando los estereotipos que contenían los clásicos y que hoy en día resultan disonantes con los nuevos paradigmas socioculturales.

La antología es breve, de rápida lectura, y muy amena en cuanto a la forma de narrar de la autora y a la ambientación en general. Estamos hablando de seis cuentos que transcurren en los reinos de Dinlor, una tierra donde se puede encontrar mujeres caballeras, príncipes que necesitan ser rescatados, monstruos generosos… Donde las apariencias engañan más que en cualquier otro lugar. Un mundo muy diverso, con personajes muy reales en sus personalidades, incluso si son seres de fantasía.

Claudia L. Córdoba
Claudia L. Córdoba

Aquí no solo encontraremos finales felices sino también enseñanzas y reflexiones hermosas que fomentan el espíritu crítico. Creo que es un libro del que se puede aprender mucho, tanto el público infantil (a quienes a priori estaría destinado) como un público más adulto. En general Claudia, la autora (a quien tengo el enorme agrado de haber conocido gracias al #Clubdelectura.uy) es una persona que me ha enseñado muchísimo, aún si no es del todo consciente de cuánto he mejorado como persona y como escritor gracias a ella. Destaco en particular la sensibilidad con la que incluye temas que en la literatura han sido históricamente invisibilizados.

Si tengo que elegir un favorito entre estos relatos, me debato entre El príncipe y el dragón y Las tres pruebas del rey, ambos con giros inesperados e interesantes, y personajes que me sacaron una sonrisa cómplice. De todos los cuentos se pueden extraer frases poderosas y momentos que mueven emociones intensas y bellas. Todo esto con una inocencia encantadora, pero llena de entusiasmo por cuestionar las limitaciones y arbitrariedades de los viejos esquemas sociales. En definitiva, un libro maravilloso que recomiendo muchísimo para todo tipo de públicos y en especial para niñas y niños.

~L. Tukić

lunes, 9 de marzo de 2020

[Ciencia] La cuestión del sexo biológico

Como persona trans, me enfrento con notable frecuencia a los comentarios de corte “biologicista” que cuestionan mi género en función de premisas falaces, referentes a erradas concepciones sobre las ciencias naturales. Todo producto de simplificaciones mal construidas que terminan cosechando ignorancia donde quiera que germinen. Pero, a todo esto, ¿qué es lo que realmente tiene que decir la biología como disciplina respecto al sexo biológico? ¿Existe ese “sexo biológico” único, inequívoco, absoluto, al que se aferran ciertos discursos transfóbicos? ¿Tiene esto algo que ver con el concepto de “género”?

Empecemos por un poco de contexto. En 2018 se discutía en Uruguay la llamada Ley Integral para Personas Trans (Ley N° 19.684, disponible aquí). En el marco del debate ciudadano, y en el afán de informar desde una perspectiva científica sobre el tema, docentes de la cátedra de Fisiología Animal de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República dieron una charla abierta al público. Estoy hablando de la misma facultad donde estudio Licenciatura en Ciencias Biológicas (y donde en aquel entonces estudiaba Licenciatura en Física). En esa charla, brindada por investigadoras, profesionales de la biología, aprendí que quienes más hablan en nombre de esta disciplina en Internet suelen ser quienes más la desconocen.

La biología es la ciencia de la diversidad, de las excepciones, de los espectros que difícilmente pueden encajonarse en categorías binarias. El sexo biólogico resulta ser mucho más complejo que lo que se tiende a pensar en la sociedad, y reducirlo solo a uno de sus aspectos, sea cual sea que se elija, contemplando solo las variantes radicalmente opuestas de dicho aspecto, es como pretender describir toda una personalidad utilizando solo dos adjetivos. El resultado es una percepción vaga, incompleta, restringida, y sin duda mucho menos interesante. La realidad, en cambio, es que existen un montón de variables que caracterizan el sexo biológico y el género de una persona. A continuación, describiré muy brevemente las principales de ellas.

Sexo cromosómico

Como mucha gente sabe, los cromosomas sexuales son el X y el Y, y suelen venir de a dos por persona. Aunque no siempre se da así. La mayoría de los hombres tienen cromosomas XY, y la mayoría de las mujeres tienen cromosomas XX. A esto también hay excepciones, como veremos más adelante. Además de los dos pares mayoritarios, XX y XY, hay otras combinaciones existentes. Algunos ejemplos son: XXY (la mayoría de las personas intersexuales tienen esta combinación, pero no es la única), X0 (son personas que solo tienen un cromosoma X, sin su par), XXX, XXXX, etc.

Lo que se suele decir de “hombres = XY” y “mujeres = XX” como un absoluto es incorrecto. Hay muchísima variedad en cuanto al sexo cromosómico, hay muchísimos tipos de intersexualidades (alrededor de 60), y hay muchas razones biológicas por las que un hombre puede tener cromosomas XX, y una mujer XY. Por otro lado, la mayoría de la gente no sabe qué cromosomas tiene. Mucha gente dice que tiene XX o XY cuando la realidad es que, si uno no se hace una prueba de cariotipo, es imposible saberlo (y no es muy común que la gente se haga un cariotipado).

Sexo genital

Las dos opciones más comunes en cuanto a los genitales son pene y vagina. Tradicionalmente, se asocia pene a macho y vagina a hembra, sobre todo en mamíferos. Pero hay varias razones biológicas, como veremos más adelante, para que haya por ejemplo en humanos mujeres con pene y hombres con vagina. Además existe todo un espectro de genitales considerados “ambiguos” por presentar características tanto de pene como de vulva. Antiguamente, cuando nacía un bebé con este tipo de genitales, los médicos lo operaban ni bien nacía para construirle una vagina artificial, y se los criaba como si fuesen mujeres. Nunca se les preguntaba. Se los mutilaba sin consentimiento.

Las personas que tienen genitales “ambiguos” suelen ser intersexuales, pero también hay hombres y mujeres que los tienen. Los genitales, al igual que los cromosomas, tampoco determinan el género de una persona. Y se puede tener por ejemplo cromosomas XY (tradicionalmente asociado a hombres) y tener vagina, son cosas que se dan biológicamente, sin intervenciones quirúrgicas ni nada (en breve les hablaré de algunas razones por las que esto puede ocurrir).

Sexo gonadal

En general los humanos tenemos o testículos u ovarios. Aunque parezca raro porque no se suele comentar, esto no está directamente relacionado con los genitales externos. O sea, hay personas con vulva y testículos, y hay personas con pene y ovarios. Estoy hablando de que existen casos documentados, y son muchos más de los que podría pensar alguien que escucha hablar de esto por primera vez. Las personas con ovarios además suelen tener un útero. La mayoría de los hombres tienen testículos y la mayoría de las mujeres tienen ovarios. Una vez más, esto no es un absoluto. El género de las personas no depende de esto, es solo una característica biológica más, igual que las anteriores.

Sexo hormonal

Las personas con testículos tienden a producir testosterona. Las personas con ovarios producen principalmente estrógenos, pero también testosterona, progesterona y otras hormonas. En este caso, se suele establecer una separación entre personas que tienen un régimen predominante de testosterona (en su mayoría hombres), y personas que tienen un régimen predominante de estrógenos (en su mayoría mujeres). Estas hormonas regulan funciones biológicas como la reproducción, la libido, la densidad ósea, entre otras. Además, estas hormonas producen la aparición de los caracteres sexuales secundarios (el desarrollo de los senos, el vello corporal y facial, la voz, y más).

Como estas hormonas controlan funciones tan importantes (la regulación de la densidad ósea impide la osteoporosis), sí o sí el cuerpo tiene que estar en uno de estos dos régimenes. No obstante, personas con ovarios pueden tener altas concentraciones de testosterona (por condiciones como el síndrome de ovarios poliquísticos u otras). Por otro lado, hay condiciones biológicas que pueden generar inmunidad a estas hormonas. Por ejemplo, existen personas que tienen cromosomas XY (tradicionalmente asignados a hombres), testículos, y síndrome de insensibilidad androgénica, por lo que pueden desarrollar vagina. A esas personas se les suele asignar género femenino al nacer, en general viven toda su vida como mujeres, y no se les diagnostica hasta que se evidencia que no menstrúan o que son estériles.

Sexo neurobiológico

En neurobiología no se puede tomar un cerebro y decir “este es de hombre” o “este es de mujer”. Pero estudiando muchos y haciendo estadística, se han encontrado características que tienden a tener los hombres, y características que tienden a tener las mujeres. De todos modos, es un espectro y está lleno de excepciones. Además, estudios neurobiológicos han demostrado que el cerebro puede tener percepciones del cuerpo físico que difieren del cuerpo real.

Ejemplo de estos estudios son los realizados por el neurólogo hindú Vilayanur Ramachandran. Se han hallado similitudes en la actividad cerebral medida en laboratorio entre personas con síndrome del miembro fantasma (quienes luego de la amputación de alguna extremidad, reportan sentir picazón o sensaciones en los miembros inexistentes), y hombres trans con disforia genital que percibían que tenían una especie de “pene fantasma”. Lo mismo ocurrió entre personas con síndrome de la identidad de la integridad corporal (quienes sienten que alguna de sus extremidades no les pertenece, en algunos casos hasta el extremo de desear la amputación del miembro que no reconocen como propio) y mujeres trans con disforia genital que sentían rechazo hacia su pene.

Cabe aclarar que estos estudios contribuyen a constatar variables medibles y a comprender las bases biológicas de estos fenómenos, pero de ninguna manera implican una justificación para patologizar a las personas trans que tienen disforia (que, dicho sea de paso, no todas las personas trans tienen disforia tampoco). Lo interesante aquí es que se evidencia que la disforia existe y es incluso medible en laboratorio, no es un invento ficticio de quienes la tienen.

Sexo psicológico y sociocultural (género)

Psicológicamente tenemos una identidad de género intrínseca. Sabemos que somos hombres o mujeres o no binaries. En ese sentido, es como la orientación sexual: simplemente uno sabe hacia qué géneros se siente atraído y hacia cuáles no. No es necesario experimentar para descubrirlo, es algo que cada persona conoce en su fuero interno. El cerebro “se lo indica” a cada uno, por decirlo de alguna forma.

Socialmente se nos suele atribuir un género según la conveniencia de la sociedad, o según los genitales que nos ven cuando nacemos. De toda la información previa se deduce que los genitales no tienen nada que ver con el género de una persona. Las personas cis son aquellas que se identifican con el mismo género que se les asignó cuando nacieron. Las personas trans somos las que no nos identificamos con el género que se nos asignó cuando nacimos.

Culturalmente, las distintas sociedades categorizan en diferentes géneros. En Occidente por tradición usamos dos: hombre y mujer, aunque en los últimos años se ha visibilizado el género no binario. En otras culturas consideran tres o cinco géneros, por ejemplo. Además, a cada género se suelen asignar de manera arbitraria roles y estereotipos determinados (los hombres azul, las mujeres rosa, los hombres pantalón, las mujeres vestido, los hombres fútbol, las mujeres cocina). Estas características tienen más que ver con lo que podríamos denominar “expresión de género” de una persona, que con su identidad de género en sí. El problema es que las sociedades tienden a imponerlas, cuando lo más natural es que se dé una gran diversidad de combinaciones entre las identidades de género y las expresiones de género.

Si pretendiéramos asociar el género al sexo biológico, ya vimos que la biología muestra que existe un espectro muy amplio y complejo, a pesar de que culturalmente insistimos en reducir el asunto a unos pocos géneros, lo cual termina resultando ridículo. El género como un fenómeno psicológico, social y cultural se construye en base a muchos factores, y es lo único que realmente determina la identidad y expresión de género de una persona. Los cromosomas, los genitales, las gónadas, las hormonas, son factores biológicos que se alternan en los cuerpos de las personas pero que no hacen al género de las mismas.

Solo uno mismo puede decir cuál es su género, porque el género se da a nivel psicológico. Todo lo demás son características biológicas o sociales o culturales que no determinan quién es uno. Y en el caso de las características biológicas, no es todo tan lineal como que los hombres vienen con un paquete establecido de atributos, y las mujeres con el opuesto. La realidad es que esas características se combinan de formas muy diversas en las personas. Dicho esto, lo más sano para todos es dejar de replicar ideas equivocadas, y dejar de invisibilizar la diversidad tratando de hacer encajar a la fuerza a las personas en las casillas que inventamos.

~L. Tukić

sábado, 6 de julio de 2019

[Relato] Té de las cinco

El siguiente relato es un adelanto de la antología que me encuentro escribiendo en este momento, y que estimo será publicada en 2021.

[Advertencia de contenido: crisis de ansiedad / ataque de pánico.]

Té de las cinco


Miró por la ventana hacia la oscuridad misma. Todo estaba bien. Eso quiso creer. Pero la noche transcurría y el insomnio había vuelto. Pasó el dedo por los contornos del vitral. Del otro lado escurrían las gotas de la lluvia. En la profundidad de su ser, sentía el cansancio latente, pero sus ojos apenas se cerraban para parpadear. Estaba alerta, como si su vida dependiera de ello. Se sentía perseguido por los más vívidos fantasmas de su pasado. No eran meros recuerdos. Eran realidades superpuestas. Visiones, olores que no estaban allí, pero que podía asociar a elementos muy definidos de los primeros años de su vida. Sabores, voces que lo llamaban…

En algún momento se había dormido sentado en el sofá del salón. Habrán sido veinte minutos. Una pesadilla lo sobresaltó. Y luego creyó escuchar a alguien toser en la habitación. Cerró los ojos con fuerza. Sabía que no había nadie allí. Odiaba esas noches. Prefería aquellas en las que lograba dormir al menos cinco horas, aunque a la mañana siguiente tuviese cinco pesadillas más en su memoria. Cualquier cosa era mejor que ese desesperante estado de alerta. Porque el tiempo se distorsionaba de la peor manera. Y cada vez que miraba el reloj, contaba las horas que faltaban para el amanecer y se preguntaba si sería capaz de soportar tanto.

Se levantó del sofá con las piernas débiles. Caminó, demorando cada paso el mayor tiempo posible, y se agazapó contra el marco de la puerta de la habitación. Respiró, y escuchó el aire entrando y saliendo por su nariz. Intentó convencerse de que ese sonido lo tranquilizaría. No fue así. Era irritante. Miró sus manos temblorosas, y en un arranque de valor, entró al dormitorio. Dudó un momento, pero se forzó a encender la luz. Se sobresaltó sin razón: el cuarto estaba vacío, tal como se suponía que debía estar. Estaba solo. Rechinó sus dientes, molesto con las ideas ridículas que atravesaban su mente en esas noches, y salió de la habitación. Cerró la puerta. “Por las dudas”.

Se refugió en la cocina. Por alguna razón, en esos minutos resultó ser la sala más fría de la casa. Apoyó las manos sobre la mesada, pero las retiró al notar el dolor del frío trepando por su piel. Hubiera querido golpear la pared, pero no era esa clase de persona. No. Él era más bien de los que se consumen lentamente en silencio y soledad. Rozó su lengua contra el paladar y frunció el ceño. El recuerdo de un sabor, otra vez, apareció con esa misma intensidad con que lo hacía cada cosa que hubiera preferido olvidar. Pero su memoria era una condena. A veces, recordaba páginas completas de los libros que había leído. En ese momento, lo que recordaba era el sabor de la medicina que le salvó la vida cuando tenía 4 años. No lo recordaba, lo saboreaba, en ese mismo instante. Y el aroma asociado. ¿Por qué?

Entre la una y las dos había logrado leer algunas páginas de un libro, y luego, del periódico del día anterior. Nada más. Cuando volvió de la cocina y miró el reloj del salón, eran las tres y once minutos. Sintió un temblor. “Las tres, es la peor hora”. El mismo pensamiento aparecía cada noche de insomnio, por razones que había decidido olvidar. Eran pocos los recuerdos que podía darse el lujo de negarse. Pero reconocía ese patrón. Sabía que todo lo malo que pudiera pasar, ocurriría en el entorno de las tres de la madrugada. Comenzó a sentir la inquietud. Quiso recorrer la casa, pero sus piernas no le respondieron más que para temblar.

Se sentó en el escritorio y golpeó un lápiz contra la tapa de un cuaderno. Por un momento sintió que ese sonido lo mantenía anclado a algo. No supo a qué, pero lo sintió bien. Cerró los ojos y, además de los golpes del lápiz, oyó un susurro a su derecha. Volvió a sobresaltarse, y dejó caer el lápiz. Miró en todas direcciones. Otra vez, no había nadie. Movió la silla hacia atrás y se paró como si hubiese resuelto algo muy importante. Pero lo único que hizo después fue acercarse a la puerta principal de la casa y apoyar su oreja contra la madera, como si esperase escuchar algo al otro lado. No oyó otra cosa que la incesante lluvia.

Caminó de una punta a la otra del pasillo que llevaba al dormitorio. Lo repitió varias veces, con pasos cada vez más acelerados. Creyó ver la luz del baño encendida, y se apresuró a refugiarse una vez más en la cocina. Se tapó los oídos con las manos, y cerró los ojos. “Esto no está pasando, todo está bien, todo está en tu cabeza”. Las palabras tranquilizadoras con las que intentó llenar su mente se superpusieron con las imágenes de un viaje. Estaba en un tren, agazapado en el asiento, mientras veía a su padre pelear con otro hombre. “No te preocupes, él sabe lo que hace”. Los padres siempre saben lo que hacen. ¿No? Pero de un momento a otro, él era el hombre desconocido, y el puño de su padre fue a dar en su nariz. ¿Cómo pueden doler tanto los recuerdos?

Abrió los ojos de golpe y se apoyó contra la mesada, como si despertara de un trance asfixiante. Volvió al pasillo y revisó el baño. No había nada, la luz había estado apagada hasta que él la encendió. Pasó otra vez frente a la puerta de la habitación, y una nueva imagen apareció en su cabeza. Abrió la puerta, y observó el cuarto en penumbra. El bulto en la cama era su madre, cubierta por frazadas, sin fuerza para levantarse, sin fuerza para cuidar de sus hijos. Pero ahora no estaba ahí. Cuando no estaba en la cama, lo llamaba desde la cocina. Siempre había algo para pedirle. Nunca era suficiente. Nada de lo que él hiciera era suficiente. Nadie sería feliz allí.

Sintió arcadas, y presionó el puño contra sus labios apretados. El dolor en la boca del estómago, las palpitaciones, el miedo, la sensación de la muerte inminente, todo estaba en su cabeza. Sintió el cosquilleo del sudor en su piel. Empezó a desesperarse. Tal vez no podría seguir respirando, tal vez su cuerpo ya no dejaría entrar o salir el aire de sus pulmones. Volvió al sofá y presionó los puños contra los reposabrazos. Había lágrimas corriendo por sus mejillas y no entendía por qué estaban allí ni cuándo habían aparecido. Tampoco podía hacer nada para evitarlo. De hecho, su propio rostro comenzaba a adormecerse. Sentía un hormigueo en cada músculo de su cuerpo, y ya no pudo mantener los ojos abiertos. “No soy yo, no estoy aquí, esto no es real”.

Llegaron las cuatro y media de la mañana, y lo supo cuando oyó el canto de un pájaro. Si no hubiese mirado el reloj, no habría tenido consciencia del tiempo que pasó agazapado en el sofá, intentando respirar, intentando seguir vivo. No sabía cuándo había dejado de llover. No entendía por qué las horas parecían días hasta que llegaban las cuatro y entonces el tiempo volvía a su curso normal. Lo peor ya había pasado. Pronto amanecería, y tendría que enfrentar un día más. Estaba acostumbrado a que la gente lo juzgue por su “cara de muerto en vida”, eso no le preocupaba. Sí le preocupaba ser ineficiente en el trabajo, porque durante muchos años se había convencido de que su fortaleza era su efectividad, y perder eso era perder una parte demasiado significativa de su identidad. Había elegido muy mal la forma de definirse a sí mismo.

Esperó un rato más. Tomó consciencia de cada parte de su cuerpo, como si se examinara. Podía abrir los ojos. Podía mover sus brazos y piernas a voluntad. No había rastros de las sensaciones que lo habían confinado al sofá una hora atrás. Tal vez un poco de tensión muscular. Empezó a hacer cálculos. En ese momento de la madrugada, cuando faltaba poco para la claridad, sobrevenía la frustración de saber que no podría recuperar las horas de sueño perdidas. Solo quedaría el dolor de cabeza, como cada mañana luego de una noche de insomnio, ansiedad y disociación. Con suerte, se iría después de tomar ibuprofeno con el desayuno. Lo que no se iría es su mirada llena de vacío infinito, tras la cual se refugiaría, como cada día, al destilar odio con sus palabras. Porque era lo poco que había logrado aprender en su vida, de los ejemplos que lo rodearon siempre.

Entonces fue, una vez más, a la cocina. Observó por la ventana los primeros contornos distinguibles de algunas nubes. Puso a calentar agua en el fuego, y preparó dos tazas. Té con jengibre, sin azúcar. Se dejó perder en la visión de los colores del alba. El azul pálido se fue transformando en un suave rosado, mientras él hacía un desayuno en “modo automático”, resignado, guiado por la misteriosa fuerza de la inercia. El agua hirvió, las tazas estuvieron llenas, ambas sobre una bandeja, acompañadas de algunas tostadas. Suspiró mientras daba una última mirada al lento amanecer.

Volvió al salón, dejó la bandeja sobre la mesa ratona, y se sentó en el sofá. Por alguna razón, el frío de la mañana siempre resultaba más acogedor que el de la noche. Incluso estando en verano. Rodeó una de las tazas con sus manos, buscando sentir algo de calor. Miró hacia el pasillo, y la vio venir desde la habitación. Sonrió, y entrecerró los ojos, un poco abrumado por el color blanco de su camisón, y de su fino y largo cabello. Ella le devolvió la sonrisa, y se sentó frente a él. Justo a tiempo para el té de las cinco.

~L. Tukić
03.07.2019