jueves, 20 de agosto de 2020

[Bitácora] Booktag #MMEUY

Al igual que el año pasado, este mes de agosto me encuentro participando de la Mega Maratón de Escritura, una iniciativa uruguaya en la que nos proponen participar de diversos desafíos literarios con el fin de motivarnos a hacer eso que tanto nos gusta. Escribir, de eso se trata todo, y de compartir en redes nuestros progresos, alentarnos mutuamente, disfrutar el proceso más allá de si logramos o no cumplir con las metas previstas. El resultado, tanto de esta segunda edición como de la primera el año anterior, es un clima de mucho entusiasmo, ideal para avanzar un montón en nuestros proyectos de escritura.

En mi caso, con lo caótico que soy, suelo inscribirme formalmente a una modalidad y termino haciendo cualquier otra cosa. Pero lo importante es que siempre avanzo un montón en mis diversos trabajos en proceso, sea escribiendo, sea planificando, o incluso usando la iniciativa para retomar proyectos que tenía un poco descuidados. Un ejemplo es este blog, que por mis circunstancias personales he tenido un poco abandonado estos meses, y ahora me he replanteado mis objetivos y la forma en que me siento más cómodo para continuar escribiendo aquí.

En esta ocasión en particular, desde la web de la Mega Maratón de Escritura nos proponen el Booktag #MMEUY, tanto para escritores como para bloggers, booktubers y bookstagrammers. Y, como me divierte muchísimo participar de este tipo de juegos, voy a tomarme el inmenso atrevimiento de responder tanto como escritor como desde el lugar de blogger (si me permiten adjudicarme ese título a pesar de desempeñarlo de la forma más caótica que me es posible).

De paso tomo este desafío como excusa para contarles un poco sobre mí, así que no creo responder estrictamente a la consigna de cada una de las preguntas, sino que es probable que me vaya por alguna tangente, como suelo hacer en mi vida cotidiana. Sin más preámbulos, vamos con las preguntas...

Respondiendo como escritor...

Punto de partida: ¿brújula o mapa?

Depende del proyecto. Ahora por ejemplo estoy trabajando más que nada en #ProyectoConticinio, una antología que escribo en modo brújula y de la que ya tengo un ~90% escrito, y en #ProyectoAristas y #ProyectoTangoC, ambas novelas que me planteé a largo plazo y están en etapa de planificación, para las que estoy siendo bastante mapa.

El equipo: ¿cómo desarrollás a tus personajes?

Los personajes suelen ser lo primero que viene a mí, antes que la historia que quiero contar. Es lo que más tiempo trabajo, y lo que más disfruto crear. En general armo fichas para organizar la información que tengo sobre ellos; antes eran fichas creadas por mí, pero ahora estoy usando las mismas fichas que se pueden encontrar en la web de la Mega Maratón de Escritura (aquí), porque agradan a la vista y motivan, además de que están muy bien planteadas. Sí, uso y recomiendo, como dicen en las publicidades.

Cada personaje es un mundo, y como dije, les dedico muchísimo tiempo, por lo que no solo me encariño demasiado con ellos, sino que les creo una cantidad de detalles y peculiaridades que a veces ni siquiera llegan a ser mencionadas en el producto final. Pienso mucho en ellos, diría que la mayor parte del día, y muchas veces hasta sueño con ellos. A veces creo que el proceso de concebirlos es también una forma que tengo de entender o asimilar mi propia realidad y las vivencias que tengo con las personas que me rodean.

El camino: ¿cómo son tus sesiones de escritura?

Caóticas, como cabría esperar. En este caso, depende de la etapa de mi vida en la que me encuentre. Por ejemplo, cuando escribía Reflexiones y refracciones tuve dos etapas muy marcadas: en la primera, antes de 2016, escribía siempre a mano en cualquier lugar (recuerdo haber escrito en plazas, en ómnibus, en mi lugar de estudio, incluso en el barco cruzando el Río de la Plata, que fue ahí en particular donde escribí el último capítulo del libro), y luego lo transcribía a la computadora. En una segunda etapa me levantaba muy temprano a la mañana (entre las 5:00 y las 6:00) para escribir, y luego continuaba con el resto de mis actividades del día.

Para #ProyectoConticinio en cambio escribo siempre durante la madrugada (de ahí el nombre provisorio del proyecto), sobre todo después de la 1:00, y me puedo llegar a quedar hasta las 3:00 o 5:00 de la mañana. Por eso digo que es una «antología de cuentos insomnes».

Lo que sí, en general me cuesta escribir poco tiempo una vez que me senté a escribir, por lo que suelo tratar de hacerlo cuando sé que no voy a tener que detenerme por unas horas, porque lo normal es que saque un cuento o capítulo completo por cada sesión (y por eso tiendo a fraccionar mi escritura en segmentos de más o menos ~1.500 palabras). Me resulta difícil dejar una parte a medio terminar y retomarla luego, intentar hacerlo me produjo bloqueos más de una vez.

Mientras escribo además suelo ponerme los auriculares, a veces sin nada, solo para cancelar el sonido externo, a veces con sonidos programados, como de lluvia, y a veces con música. En este último caso hago algo que imagino que a muchas personas les sonará rarísimo. Todavía no he hablado tanto como quisiera sobre este tema en el blog, pero ya lo haré pronto. El caso es que soy autista y los patrones repetitivos me dan calma. Por lo tanto, a veces me pongo una misma canción en bucle mientras escribo. Porque es como si me anulara el sentido del oido y eso me permitiera concentrarme mejor. Muchas veces luego incluyo en la playlist que armo para el libro algunas de esas canciones que estuve escuchando para escribir determinados capítulos.

Los aliados: ¿te juntás a escribir o escribís en solitario?

La mayoría de las veces escribo solo. A veces me junto con un lindo grupo de escritoras que conocí gracias al #Clubdelectura.uy y que convierten las jornadas de escritura en algo incluso más ameno de lo que ya lo son para mí, porque generan un clima muy agradable y motivador.

Los archivos: ¿cómo te documentás?

San Google. Pero no es el único medio, ni mucho menos mi favorito. En realidad, muchas veces me gusta hablar con gente y preguntarles sobre vivencias y detalles de otros tiempos o circunstancias que no me tocaron. Por el tipo de literatura que escribo, a veces me importa más cómo ciertos elementos culturales o históricos fueron percibidos por las personas desde su subjetividad, que cómo sería la versión que en general entenderíamos más objetiva del asunto, si es que cabe decirlo así. Para esto último es que está Google, pero para lo otro es mucho más importante conversar con la gente.

Plot twist: ¿qué te ha ayudado a salir de un bloqueo?

Nunca se me ocurrió indagar qué tan común sea esto en otros escritores, pero algo que me funciona muy bien para sacarme del bloqueo es conocer música nueva, o conocer gente nueva. Los momentos en los que más produzco en general son después de haber pasado por una de esas dos experiencias. Muchas veces es simplemente por el cambio de energía que traen esas novedades, y no porque lo que vaya a producir luego esté relacionado con sus características específicas. Por eso incluso me funciona mejor eso que el leer libros nuevos (que igual conlleva otros placeres y aprendizajes).

El clímax: ¿finales abiertos o cerrados?

No puedo decantarme por una porque no lo veo como algo binario, y creo que mis finales son lo suficientemente cerrados como para que una obra sea autoconclusiva pero lo suficientemente abiertos como para que pueda haber algo más que decir luego. Lo que sí me gusta intentar es que mis finales sean esperanzadores. En el fondo soy un optimista.

Epílogo: ¿cómo corregís tus historias?

Con lentitud, igual que como escribo, y por temporadas. Porque trato de darle varias pasadas, pero a la vez necesito separarme un poco de la obra por momentos porque puedo saturarme y dejar de ver ciertas cosas o ver lo que espero encontrar en lugar de lo que realmente hay en lo que escribí. Además estoy en constante aprendizaje, por lo que un tiempo de distancia con la obra termina siendo bastante positivo al final.

Respondiendo como bloguero...

Prólogo: ¿qué te llama la atención al elegir un libro?

Tengo debilidad por las tramas más bien psicológicas, las historias que implican familias disfuncionales (esto es oscuro, lo sé, pero son historias que me hacen sentir menos solo), personajes LGBTA+, personajes autistas, en fin, sonará egocéntrico pero me gusta poder tener puntos de identificación en los libros que leo. Por eso es que suelo elegirlos en función de lo que leo en la contraportada o de las recomendaciones que me hacen.

La aventura: ¿qué te gusta encontrar en un libro?

Representación. Diversidad. Ya lo mencioné en la pregunta anterior, pero un libro con personajes LGBTA+ o neurodivergentes ya tiene varios puntos para mí si el tema está bien abordado.

Planes: ¿cómo te organizás para reseñar?

Claramente mal. Hay una razón por la cual bajo el título de mi blog dice que soy «bastante caótico», y es que es la pura verdad. El que avisa no traiciona, dicen. Intenté organizarme cuando comencé con este blog porque tenía una idea de qué tipo de entradas quería escribir y cómo quería hacerlo. Quise sistematizar. Pero, como me suele pasar cada vez que me enfrento a un sistema impuesto, me di la cabeza contra la pared. Así que de momento, ya que este blog es un lugar seguro y de descanso y expresión libre para mí, decidí no tratar de imponerme fechas, plazos, formatos, métodos, ni sistemas. Lo único que tengo es en una libreta apuntadas algunas preguntas generales que no debería olvidarme de responder en cualquier reseña, a modo de guía, y una lista de títulos que he leído y me interesaría reseñar algún día. Eventualmente lo iré haciendo.

Plot twist: ¿qué hacés si un libro no te gusta como esperabas?

En general trato de terminar los libros que empiezo. Lo que puede pasar es que demore mucho más en terminarlo si siento que me está decepcionando. De todos modos hace poco he empezado a abandonar libros si se me hace demasiado tortuoso avanzar.

Momento oscuro: ¿qué es lo que menos te gusta encontrar en un libro?

En cualquier libro, de cualquier género, lo que más me desagrada es cuando se narran atrocidades cometidas por personajes tóxicos como si fuesen justificables y perdonables, y esto lo encuentro sobre todo en tramas de tipo románticas, pero no es la única forma. Luego hay géneros que, aunque lo intenté, no me entretienen casi nada y trato de evitarlos, como la ciencia ficción (esto en particular sorprende a muchos porque asumen que solo porque tengo una carrera científica la ciencia ficción debería ser mi género preferido, y nada más lejos de la realidad).

Clímax: ¿qué te gustaría encontrar en un libro nacional?

No creo haberme planteado exigencias específicas para los libros nacionales con diferencia de lo que me planteo para cualquier otro libro. Aunque sí que me gusta encontrar referencias a la cultura local y ubicaciones o elementos que puedo reconocer, por ejemplo. Generan un sentimiento de identificación lindo. A veces incluso me provocan nostalgia.

Victoria: ¿qué necesita un libro para ganarse tus cinco estrellas?

Tanto como escritor como lector estoy muy inclinado hacia los personajes antes que hacia las tramas. Y se nota en mi lista de libros favoritos, donde conviven El Túnel de Ernesto Sabato, Buenos Presagios de Neil Gaiman y Terry Pratchett, y los dos tomos del Quijote. Libros cuyos géneros y tramas son muy disímiles, pero donde los personajes son la principal potencia. Así que, un libro que está bien en todos sus aspectos y que además tiene personajes que me cautivan, tendrá siempre un lugar especial entre mis preferidos.

***

Eso sería todo por este booktag. Espero que les guste la iniciativa de la Mega Maratón de Escritura y que se sumen a responder las preguntas de este juego. Como siempre, gracias por leerme, ¡y hasta la próxima entrada!

~Lihuén

martes, 18 de agosto de 2020

[Música] Amanda Palmer

Este año fue bastante complejo para mí. No solo por la pandemia de covid que nos complicó la vida a todes, sino porque este año significó para mí un nuevo comienzo en muchos aspectos de mi vida (por mi transición de género, mi cambio de carrera, y haber dejado mi antiguo trabajo). Los comienzos nunca son fáciles.

Entre tanta revolución, pasé por momentos muy difíciles y mi cabeza terminó en lugares muy oscuros. Me sacaron de ahí mis amistades, las herramientas que adquirí en mis años de terapia psicológica, y algunas cosas que pueden parecer mucho más lejanas. Por ejemplo, ya comenté mucho en este blog sobre el gran impacto que tuvieron en mí Terry Pratchett y Neil Gaiman con Buenos Presagios (Good Omens).

Amanda Palmer
Amanda Palmer

La música siempre fue mi otro refugio, además de la literatura. En particular, este año descubrí a Amanda Palmer, y su trabajo sin duda me ayudó muchísimo a sobrevivir a todos esos lugares oscuros por los que transitaron mis pensamientos estos meses. Por eso hoy quiero dedicarle una entrada en este blog, para hablar de su música y de otros aspectos de ella que, y lo diría con estas palabras en un sentido literal, me salvaron.

Si ya conocen a Amanda, es muy probable que lo primero que piensen es que la conocí justamente a través de Neil Gaiman (porque han estado muchos años vinculados románticamente), pero lo curioso es que no fue el caso. La conocí gracias al algoritmo de YouTube, que un día simplemente me sugirió su charla TED El arte de pedir.

En principio solo entré a la charla por el título, porque tenía mucho sentido para el momento de mi vida que me encontraba atravesando. En general, siempre me tocó estar del lado del que brinda la ayuda. Es algo que siempre disfruté hacer y que muchas veces era lo que me daba la fuerza para seguir adelante, el hecho de que soy capaz de ayudar a otras personas. Pero después de meses sin conseguir trabajo empecé a tener que pedir ayuda. Para ampliar mi búsqueda laboral y para llegar a pagar cosas básicas como la factura de la luz. Y me encontré con que me costaba muchísimo hacerlo.

Arriba les dejé el enlace a la charla de Amanda, porque en verdad se las recomiendo. Me hizo darme cuenta de mi propia contradicción: jamás ayudé esperando nada a cambio, y sin embargo no podía quitarme de la cabeza la idea de que si alguien me ayudaba, luego yo tendría que «pagar esa deuda».

Resulta que no es todo tan lineal, sino que esta dinámica de la gente ayudando a otra gente se parece mucho más a una red trófica. Quizás yo no puedo ayudar a quien me ayudó, quizás la persona a la que ayudé no me puede ayudar, pero de todos modos se terminan tejiendo cadenas de personas ayudando a otras personas en forma desinteresada, y funciona.

Además, muchas veces aportamos a los demás mucho más de lo que somos conscientes. De nuevo: no es todo tan lineal. A lo mejor la persona a la que ayudé no me puede devolver un favor similar, pero algo siempre termino recibiendo a cambio: un aprendizaje o una experiencia, un vínculo nuevo, la alegría de ayudar… De la misma manera, aunque no pueda devolver un favor similar a quienes me ayudaron, por algo decidieron ayudarme, y es probable que yo les haya aportado algo de lo que no soy consciente.

La novia de 2 metros
La novia de 2 metros

Es de eso de lo que habla Amanda en su charla, de ese contacto humano, esa llegada al otro, que moviliza emociones y otras cosas de las que no somos conscientes, pero que son importantísimas para nosotros y para nuestra forma de vincularnos. No hay vergüenza alguna en pedir ayuda, sino todo lo contrario. Y poder pedir ayuda es una habilidad tan importante como la capacidad de ayudar cuando está dentro de las posibilidades de uno.

La razón por la que Amanda trata ese tema en su charla (o al menos la más evidente de las razones) es porque ella aplica esa misma filosofía a la forma como hace llegar su música a nosotros. Sin intermediarios ni discográficas, sino de forma independiente y dejando que sus mismos oyentes sean sus productores, a través de Patreon, la conocida plataforma web de mecenazgo.

Después de conocerla con esa charla, después de todo lo que me generó y me ayudó, decidí entonces que también quería darle una oportunidad a su música. Y lo que encontré fue maravilloso.

Otra vez, necesito explicar mi contexto: como comenté en mi entrada anterior, este fue mi año de aprender inglés. Antes me ocurría que escuchaba música en inglés pero no tenía la más pálida idea de qué decía la letra hasta que buscaba una traducción. Con Amanda me pasó por primera vez que entendía lo que estaba escuchando en el mismo momento en el que lo estaba conociendo. Y eso me generó una enorme diversidad de sensaciones nuevas.

Musicalmente encontré canciones que, en general, lograban mucho con muy poca cosa. Es decir, pocos instrumentos (piano, ukelele, alguna otra cosa dependiendo de la canción), y arreglos sencillos, pero muy inteligentes y llenos de emoción. Me llegó mucho incluso cuando soy de escuchar música con tantos instrumentos como puedan entrar en un escenario… Por momentos es bastante experimental con su música y eso me encantó desde un principio. La primer canción que escuché fue Drowning in the Sound y me fascinó su uso de los silencios, que hoy en día parece que escasean mucho en la música, pero bien usados son un recurso muy potente.


En las letras es donde está su punto fuerte, si bien la música está muy bien y me resultó muy agradable. Se trata de tópicos tan cotidianos que es muy fácil identificarse con las historias que cuenta. Son el tipo de cosas que nos han pasado a casi todos. Y se siente tan familiar, tan íntimo, que a veces parece que la letra salió de algún rincón profundo del propio oyente. O al menos así lo he sentido.

In My Mind por ejemplo trata sobre todas las expectativas que cargamos en nosotros mismos en vistas al futuro, tomando las ideas entre las que nos criamos acerca de lo que es bueno… Todo para descubrir eventualmente que esos ideales de perfección no son humanos, sino más bien imposibles, y que solo con la propia experiencia llegamos a encontrar qué es lo que funciona para cada uno, qué es lo mejor para nosotros y cómo nos sentimos más cómodos. Y así nos vamos construyendo hasta sentirnos orgullosos de ser quienes somos aunque no nos parezcamos a como pensábamos que seríamos hace unos años…

En particular, esa canción me emocionó muchísimo cuando la escuché, porque tenía mucho que ver con el proceso que yo venía haciendo desde que decidí abandonar mi carrera anterior (Licenciatura en Física). Durante muchos años me vi a futuro como un físico, como si eso me definiera, y tomar la decisión de cambiar de rumbo, porque era lo que me iba a hacer mejor, me hizo cuestionarme mucho mis expectativas sobre mí mismo. Y en estos meses pasé de sentirme decepcionado por no ser lo que quería ser hace 10 años, a sentirme orgulloso de mi historia de vida y mis características únicas, aún las que muchas veces me remarcaron como defectos (como el hecho de que tengo intereses muy dispersos).

Entre otras emociones novedosas que me despertaron las canciones de Amanda Palmer, quiero mencionar un par más que nunca me habían ocurrido antes escuchando música en inglés, por no entender el idioma. Una de ellas es que me encontré a mí mismo riéndome a carcajadas por algunas de las canciones, que narraban anécdotas muy cotidianas pero desde el humor (por ejemplo, A Mother's Confession, sobre las peripecias de tener un hijo muy pequeño, o I Want You, But I Don't Need You, sobre no generar dependencia de los vínculos románticos).

Otro momento en el que me descubrí muy emocionado, al punto de llorar, mientras escuchaba una canción fue la primera vez que oí Have to Drive. Una letra hermosa que me llegó desde ese primer momento, sobre la resiliencia, sobre los procesos en los que sufrimos y sobre la necesidad de levantarnos a pesar de todo. Dicho así suena muy general, pero hay algunas frases concretas de la canción que son muy acertadas en referencia a vivencias muy particulares. Por ejemplo:

I suffer mornings most of all // Sufro las mañanas sobre todo
I feel so powerless and small // Me siento tan impotente y pequeña
By ten o'clock I'm back in bed // Para las diez en punto estoy de vuelta en la cama
Fighting the jury in my head // Combatiendo a los jueces en mi cabeza

Como resultado uno se puede identificar con tanta fuerza con esas letras, o al menos con algunos fragmentos muy potentes y cotidianos, que terminan siendo de esas sentencias con las que uno bien podría querer enbanderarse. O, como se dice en Twitter, tenerlas en «una remera que diga» cualquiera de esos versos tan intensos.

Algunas canciones de Amanda transmiten mucha fuerza y un sentimiento enorme de empoderamiento. Ya les comenté sobre In My Mind, pero en este sentido también va por ejemplo Ampersand. En general Amanda es una mujer que despierta mucha admiración por su independencia y determinación, y esas características se cuelan entre sus letras, que a veces se sienten como un empujón a animarte a tomar vos solo las riendas de tu propia vida.

Por otro lado, me pasó también que encontré una canción que al día de hoy me sirve como una especie de mantra para todos esos momentos en los que siento que mis circunstancias son más fuertes que yo, me superan, y no puedo lidiar con ellas. The Ride compara la vida misma con un simple paseo, y hay algo increíblemente tranquilizador en esa idea. Más de una vez me encontré a mí mismo repitiendo «It’s just a ride» una y otra vez, como reza el estribillo de la canción, para quitarle peso a todo eso que me estaba agobiando. Y funciona.

Si tuviera que recomendarles algún disco (porque ya les he recomendado una cantidad de canciones pero yo soy medio anticuado y todavía consumo música en formato de álbum), diría Who Killed Amanda Palmer, de 2008, donde están varias de esas canciones que he mencionado en esta entrada. Aunque There Will Be No Intermission, de 2019, no se queda atrás, con una estructura tal que incluye breves y bellísimos interludios musicales entre cada canción larga. En particular, esta característica me dio la idea inicial para la estructura de uno de mis proyectos literarios (escribo en Twitter sobre dicho proyecto usando #ProyectoAristas como nombre provisorio).

En definitiva, no quería dejar de contarles de mi experiencia conociendo a esta artista, y recomendárselas, porque me ha impactado mucho y de forma muy positiva, y me gustaría que le diesen una oportunidad. Si ya la conocían o la escucharon a partir de esta reseña me gustaría conocer sus opiniones en los comentarios. Gracias por leerme, ¡y hasta la próxima entrada!

~Lihuén

martes, 4 de agosto de 2020

[Bitácora] Un ángel para Lihuén

Torta de cumpleaños inefable.
Torta de cumpleaños inefable.
El 4 de agosto de 2019 vi por primera vez la serie de Good Omens, así que podríamos decir que hoy es mi primer «cumpleaños inefable». Como ya les adelanté en mi reseña de Buenos Presagios, de la que esta entrada podría considerarse satélite, yo ingresé a este mundo a través de esa serie, aunque días después leí el libro y al instante se convirtió en mi obra literaria preferida.

En la reseña les hablé en términos más generales tanto del libro como de la adaptación, pero hoy quiero contarles algo más personal. Hace tiempo ya que me planteé escribir esta entrada, y hoy es la fecha ideal para hacerlo. Es que el impacto que me causó esta obra, y en particular, el personaje de Aziraphale (Azirafel en la versión en español), va mucho más allá de lo que podría expresar en una única reseña.

Hoy quiero contarles cómo y por qué Good Omens me ayudó tanto. Pero primero tengo que ponerlos en contexto. Por empezar, en agosto de 2019 yo me encontraba en pleno proceso de comenzar mi transición de género. Tenía claro que quería comenzar mi tratamiento de reemplazo hormonal con testosterona, tenía claro que mi nombre era Ludomir Lihuén, pero aún estaba tratando de comprender algunos aspectos de mi identidad.

Algo que yo me cuestionaba mucho en ese entonces era si me definía como un hombre trans o como una persona trans no binaria. Porque sabía que no era una mujer, pero tampoco me identificaba por completo como hombre, a pesar de encontrar mi comodidad en los pronombres masculinos y una presentación bastante más masculina que femenina. El problema para mí era que no tenía una referencia de alguna persona o personaje no binario que se comportara como yo, digamos, y eso me hacía sentir menos válido.

Para ese momento además no tenía claro si quería usar más mi nombre Ludomir o mi nombre Lihuén en las situaciones cotidianas y entre mis amistades. Estaba probando un poco con cada uno. Y estaba consternado porque, mientras que toda la vida me habían dicho que era «demasiado masculina para ser mujer», cuando empecé a comentar que iniciaría mi transición de género recibí algunas respuestas del tipo «sos demasiado delicado para ser hombre».

Un regalo que conservo en mi mesa de luz.
Un regalo que conservo en mi mesa de luz.

En ese contexto vi Good Omens por primera vez, y más allá de todas las cosas que me fascinaron y que ya mencioné en la reseña del libro y su adaptación, quedé impresionado en particular con lo mucho que llegué a identificarme con Aziraphale. Y son tantas las similitudes entre él y yo que sí, estoy dedicando toda una entrada en mi blog a hablar de ellas.

Por empezar, Aziraphale es no binario, al igual que todos los ángeles y demonios de Buenos Presagios. Si quieren profundizar sobre esto en particular, les recomiendo este artículo de mi amigue Caspian donde analiza con gran detalle la representación no binaria en Good Omens (lo que sí, el artículo está en inglés). Tal como Caspian comenta allí, encontramos en la obra muy bien representada la diversidad de presentaciones que pueden tener las personas no binarias de acuerdo a su comodidad.

Por citar algunos ejemplos: Crowley se muestra en ocasiones más femenino y otras más masculino, mientras que Gabriel se presenta bastante masculino, Miguel más bien femenina, y Beelzebub opta por una apariencia andrógina. Además tenemos personajes como Polución, que usa pronombres neutros, mientras que otros usan pronombres femeninos o masculinos de forma totalmente desasociada de sus apariencias o nombres (me gusta decir que esta serie «rompe todo el género» porque desasocia todos esos elementos que la cultura nos enseñó que deben ir siempre de la mano), y luego tenemos a Dios, a quien distintos personajes se dirigen con diferentes pronombres, pero hay cierta tendencia a asociarla más bien con los femeninos.

Michael Sheen como Aziraphale.
Michael Sheen como Aziraphale.

Entonces tenemos a Aziraphale, quien es no binario, pero tiene una presentación bastante masculina (al menos tiene una forma de vestirse muy alineada con lo tradicional, casi anticuado, para un hombre), usa pronombres masculinos, y tiene algunas actitudes que mucha gente consideraría «afeminadas». Y esa descripción que acabo de dar se ajusta muy bien no solo a él, sino a mí mismo.

Aziraphale me ayudó a entender mi experiencia de género, al ser la representación que yo necesitaba ver para saber que soy válido como soy. Me despejó muchas dudas, me mostró que la posibilidad existe y está bien. Y eso me llevó a afirmarme mucho más en mi identidad de género como persona trans no binaria, y a sentirme mucho más seguro con mi expresión de género, a aceptarme y quererme como soy y no seguir generándome conflictos de identidad por no poder ser lo que creo que la sociedad esperaría de mí.

Para esa época le comenté a mi psicóloga que quería probar pedirle a la gente que me empezaran a llamar Lihuén en vez de Lud (por Ludomir, mi primer nombre), y ella hizo un comentario espontáneo muy curioso: «Lihuén parece nombre de angelito». Le expliqué que es un nombre mapuche así que poco tiene que ver con los ángeles de la mitología judeocristiana, pero la idea me rondó mucho tiempo en la cabeza, y terminó por tener mucho más peso del que podrían imaginar a la hora de elegir continuar usando Lihuén como nombre social y también como nombre artístico (no es la única razón por la que elijo usar Lihuén en lugar de Ludomir, pero es una de las dos principales).

Y esto no es todo: en Aziraphale también vi reflejado mi autismo. Esto no lo vi de inmediato, pero una vez que lo noté, solo pude reafirmarlo cada vez más. Lo que me llevó a darme cuenta fue leer este artículo de le brillante y muy estimade Eryn (otra vez, el artículo está en inglés). Allí, Eryn comenta cómo vio reflejada en Aziraphale su vivencia como persona autista en un entorno familiar donde prevalece con fuerza la ideología anti-vacunas por la creencia falaz de que las mismas causan autismo. Es decir, la propia familia de uno lo rechaza por lo que uno es, como si fuese algo negativo, cuando no lo es en absoluto.

¡Shh! El ángel está concentrado leyendo.
¡Shh! El ángel está concentrado leyendo.

Así es que empecé a notar las conductas de stimming de Aziraphale (movimientos repetitivos que las personas autistas hacemos para sobrellevar excesos de estímulos que no podemos manejar), los gestos y tics que muchas veces hasta comparto con él, la dificultad para procesar los cambios aún cuando tiene una mente innovadora, y las anomalías en su forma de socializar y entender ciertos elementos de la cultura popular (claro ejemplo la cantidad de veces que dice mal los dichos populares por no entenderlos del todo, algo que a mí me pasa muchísimo desde siempre).

También está el hecho de que a veces opta por aislarse durante mucho tiempo en su librería solo para concentrarse en sus libros (y cuando se concentra en algo, el mundo puede caerse alrededor y él no se inmuta) y descansar de otros estímulos que lo abruman… ¡Y hasta tiene intereses restringidos! A los que destina muchísima energía y dedicación, y de los que es evidente que puede soltar largos sermones y demostraciones si uno le da pie (ejemplos: los libros antiguos, la prestidigitación, sus concepciones morales).

Aziraphale es un poco hedonista, amante de los libros, la buena comida y la música clásica (me rechina decirle así pero es para que nos entendamos rápido), es anticuado y ridículo a ojos de los demás. Todos estos, aspectos en los que me veo identificado. Pero sobre todas las cosas, tiene buenas intenciones, y mucho miedo de enfrentar solo un sistema que es mucho más grande y poderoso que él (aunque de todos modos lo hace).

Un ángel hedonista.
Un ángel hedonista.

Aziraphale no encaja en el entorno en el que se supone que debería encajar, donde están su «familia» o sus compañeros de trabajo, según como se mire. Aziraphale encuentra su lugar entre quienes comparten sus intereses, es decir, los humanos, y sobre todo, en Crowley, que es tan distinto a él y a la vez es el único que parece entenderlo y aceptarlo, convirtiéndose en esa familia que uno elige.

Aziraphale es un personaje muy querido por la gente del fandom de Good Omens, aceptado tal como él y apreciado con todas sus peculiaridades. Y esto en su momento me llenó de esperanza, porque para mí significó que alguien como yo, con todo lo que encontré que tengo en común con él (como mis características autistas, el hecho de ser no binario, y también el ser asexual, algo que el libro deja muy claro sobre el personaje), puede ser querido así, sin necesidad de ocultar esas particularidades.

Además, y este es el último gran punto que quería comentar hoy, él es un personaje bueno (es literalmente un ángel), y eso marcó un antes y un después en mi percepción sobre mí mismo, porque fue la primera vez que me identifiqué con un personaje «de los buenos» y me permitió considerar que puedo aspirar a ser eso yo también, una buena persona.

El problema que solía tener antes de Aziraphale es que solo me había logrado identificar con personajes que ocupaban el rol del villano o de personajes grises que, si bien tenían buenas intenciones, terminaban actuando de formas bastante cuestionables en el camino, y haciendo daño a otros. Y me identificaba con esa clase de personajes por dos razones principales: por las características de mi forma de construír razonamientos y procesar y expresar emociones (si saben sobre el MBTI, soy INTJ así que ya se pueden hacer una idea), y por el tipo de situaciones traumáticas que me tocó vivir en el pasado (más que nada violencia intrafamiliar), que solían ser similares a los traumas que les cargaban a ese tipo de personajes.

La librería de Aziraphale, mi lugar mental de confort.
La librería de Aziraphale, mi lugar mental de confort.

De tanto identificarme con villanos o al menos seres con actitudes bastante cuestionables, había llegado a pensar que algo tenía que estar muy mal en mí, que alguien como yo no podía aspirar a ser bueno, sino que las personalidades como la mía siempre serían las que ocuparan los roles más oscuros de la historia. Eso me hacía sentir muy mal, aunque parezca algo un poco tonto. Dudaba de si tenía sentido tener la esperanza de que podía ser bueno. Por eso fue tan importante para mí cuando por primera vez me identifiqué con un personaje bueno: Aziraphale. Que además fue el personaje con el que más me he identificado en mi vida.

Aziraphale es demasiado importante para mí porque me enseñó mucho sobre mí mismo, y me dio la oportunidad de explorar y desarrollar una mejor versión de mí, mucho menos conflictuada y oscura. Me llenó de alegría y orgullo por ser como soy. Se convirtió en un concepto reconfortante para mí, al que me puedo aferrar cuando mi cabeza vuelve a lugares oscuros.

Relativo a esto último quiero compartirles un regalo que me hicieron hoy mismo, ya que es mi «cumpleaños inefable». La artista se llama Carmine, es de Alemania, y dibujó esto para mí usando únicamente un marcador negro (hace ese tipo de arte, es impresionante en verdad, les recomiendo que visiten su cuenta de Instagram para ver más, es @betaart0). El concepto detrás es la sonrisa alegre y brillante de Aziraphale, para darme ánimos en especial en esos momentos en los que me siento vulnerable y corro el riesgo de perder las esperanzas que me mantienen a flote. ¡Muchísimas gracias Carmine! Me hizo muy feliz recibir esta obra de arte hoy.

La sonrisa de Aziraphale, por Carmine (@betaart0).
La sonrisa de Aziraphale, por Carmine (@betaart0).

El hecho de que durante este año haya podido entablar conversación con personas como Carmine, Caspian y Eryn (a quienes cité a lo largo de este artículo por distintas contribuciones) fue también gracias a Good Omens, no solo porque compartir este interés en común fue lo que nos puso en contacto en primer lugar, sino porque además fue este interés lo que me motivó al fin a empezar a aprender inglés. Y conversar casi a diario con personas como ellos desde hace ya unos cuantos meses me ha ayudado a mejorar mucho y muy rápido. Quisiera agradecer a todas estas personas que me ayudaron y apoyaron tanto, con tanta paciencia y amabilidad, durante estos meses para que yo pueda mejorar tanto mi capacidad de comunicarme en inglés (los mencionaría pero son muchos y me muero si me olvido de alguno).

Good Omens también fue mi refugio durante estos meses de incertidumbre, no solo por la pandemia sino porque desde que perdí mi anterior trabajo en diciembre las cosas han sido muy difíciles para mí en el nivel más básico y cotidiano. Pasé momentos muy complicados y no sé cómo habría podido sobrellevarlo de no ser por el apoyo de mis amistades y por contar con esta válvula de escape gracias a esta obra y su fandom.

Aziraphale no sabiendo cómo lidiar con una llamada telefónica.
Aziraphale no sabiendo cómo
lidiar con una llamada telefónica.

Es impresionante el nivel del impacto que tuvo Good Omens en mí, como pueden ver si llegaron hasta acá. Consideren además que decidí comentar solo lo principal, pero me quedan cosas en el tintero que prefiero guardar para otra ocasión. Por eso les pido disculpas si ATOMIZO con mi pasión exacerbada por Aziraphale y esta obra en general, y cualquier cosa que se pueda relacionar por alguna tangente… Pero no pienso esconder o avergonzarme por cuánto me gusta y por todo lo que gané este año gracias a Good Omens.

Tal como les adelanté, esto iba a ser algo muy personal y más que nada para expresarme, una especie de mimo a mí mismo porque lo necesito en estos tiempos, y a la vez una celebración por todo lo bueno que recibí este año. Un recordatorio de que puedo brillar como Aziraphale (no literalmente, ni para mí ni para él). Y un agradecimiento a todas las personas que fueron parte de todo esto, desde Neil Gaiman y Terry Pratchett por escribir Buenos Presagios, y Michael Sheen por su genial interpretación de Aziraphale en la serie, hasta mis amistades «irl» (del inglés in real life, «en la vida real») por soportarme hablándoles todo el tiempo del temita —jaja— y alentarme con cualquier cosa que me hiciera feliz, y por supuesto a toda la gente del fandom de Good Omens que me ayudó a aprender inglés este año y compartió este gusto conmigo, además de estar incluso para darme ánimos cuando necesitaba apoyo emocional, actuando como verdaderos amigos.

Feliz cumpleaños inefable a mí.

Gracias por leerme, y hasta la próxima entrada (que empezarán a tener una frecuencia un poco más caótica ahora).

~Lihuén Tukić

lunes, 6 de julio de 2020

[Relato] Un golpe a la mente

El siguiente relato forma parte de mi primer libro, Reflexiones y refracciones, publicado en 2018.

[Advertencia de contenido: violencia intrafamiliar.]

lunes, 15 de junio de 2020

[Diversidad] Sobre el autismo y la transgeneridad

Soy autista. Me diagnosticaron con 24 años, aunque ya lo sospechaba desde los 19 (dejo esta historia para otra ocasión). Soy también transgénero. Y durante la última semana estuve particularmente expuesto a una nueva oleada de capacitismo y transfobia, todo junto. Por eso decidí escribir esto. Porque no es novedad que me tocó ser autista y trans en un mundo capacitista y transfóbico, pero no puedo dejar que solo se escuchen las voces del odio. No me puedo quedar callado. Tengo voz propia, y no voy a dudar en usarla hasta que se nos escuche a nosotres, en lugar de a quienes pretenden hablar por nosotres sin estar siquiera cerca de comprender nuestra realidad.

Concretamente, lo que ocurrió la semana pasada fue que cierta escritora británica muy reconocida, con millones de seguidores en todo el mundo, hizo público un texto de opinión cargado de desinformación, transfobia y capacitismo. Esto fue interpretado como una muestra de aceptación e incitación para quienes a diario nos atacan en las redes y en la vida. La consecuencia para la comunidad trans, y sobre todo para quienes además somos autistas, es que recibimos una gran cantidad de mensajes de odio estos días.

Voy a ser claro: a mí, lo que opine de mí una señora que poca idea tiene de lo que es ser trans y autista, me importa, digamos, cero. Pero estamos hablando de una autora que con esa opinión ejerce una influencia enorme en un montón de gente. Gente que no solo opina en su fuero interno, sino que, basándose en esa opinión y en el clima de aceptación que genera que alguien tan reconocido se pronuncie a favor de eso, eligen actuar contra nosotres.

A las personas trans se nos ataca por las calles, se nos violenta de mil maneras, desde el bullying hasta violaciones. Y bueno, ni hablar del ciberacoso que es el pan nuestro de todos los días. Como resultado, tenemos tasas de suicidio altísimas, no por ser trans, sino porque la sociedad es transfóbica. Por eso lo que hizo esta autora es una irresponsabilidad gigantesca: lo que hizo fue alentar el odio que nos lleva a la muerte.

A las personas autistas, por otro lado, se nos infantiliza (otro tema que dejaré para tratar en el futuro, porque tengo mucho para decir al respecto). Se nos trata como si fuésemos personas incompletas, siempre desde una perspectiva paternalista. No se nos escucha, no se nos tiene en cuenta, consideran que no somos capaces de tomar decisiones y conocernos a nosotres mismes.

Por eso hoy quiero dejar en claro que soy autista y soy trans, y solo yo sé quién soy y cuál es mi género, nadie más puede definir eso por mí, nadie me conoce mejor que yo mismo. Pero además quiero hacer un pequeño análisis de las declaraciones de esta señora, porque como dije, hay allí mucha desinformación, mucha transfobia, y capacitismo, y no puedo quedarme callado y dejar que solo se escuchen las voces que llevan ese tipo de mensajes. Así que voy a exponer lo que yo tengo para decir al respecto.

Por empezar, hay una susceptibilidad muy grande respecto a la idea de que esta señora es una supuesta referente del feminismo, y hablar en contra de sus recientes declaraciones ha sido considerado machista (esta semana me sorprendí cuando fui llamado “machista” por primera vez en mi vida, y fue por defenderme de un ataque transfóbico y capacitista directo, jamás lo hubiera imaginado). Por eso antes de entrar en mi análisis, quiero puntualizar algunas cosas.

Yo siempre voy a defender a los colectivos oprimidos. Siempre. Ahora, si un individuo en particular me ataca directamente por tener una vulnerabilitad diferente a la suya, no voy a dudar en defenderme. Siempre apoyé y apoyaré la lucha feminista, y eso no entra en conflicto con el hecho de que no voy a quedarme callado ante las declaraciones transfóbicas y capacitistas de esta señora en particular. Solo en su cabeza y las de sus más fervientes y extremistas seguidores puede entrar semejante incoherencia.

De hecho, esta misma semana critiqué a un medio periodístico que con un oportunismo atroz dio a entender que celebraba la situación de violencia de género que sufrió esta misma autora años atrás. Puede que la señora hoy en día esté en una posición de privilegio (ella en particular, como individuo, no el colectivo que pueda representar) y me parezca injusto que desde esa posición se haya dedicado a enviarnos una oleada de odio a nosotres que somos una población vulnerada, y puede que repudie su accionar y me dedique a responder a esas declaraciones aquí, pero jamás, jamás, se justifica de ninguna manera la violencia de género. Por lo que me parece lamentable y rastrero que se haya aprovechado esta situación para expresiones de ese estilo.

Dicho esto, paso directamente a lo que me interesa analizar de sus declaraciones. ¿Por qué digo una y otra vez que además de transfóbicas son capacitistas? No es que lo haya dado a entender en una única frase, así que no lo busquen así porque no es la manera como funciona esto. Lo que hizo fue darlo a entender, casi con sutileza, a lo largo de un razonamiento extenso. Y es eso mismo lo que quiero desmenuzar aquí ahora.

No la voy a citar directamente, ni la voy a nombrar, porque ya todes sabemos de quién estoy hablando y dónde pueden encontrar sus declaraciones (y si no lo saben, pueden preguntarme a mí por mensaje privado en Twitter por ejemplo, o a San Google). No quiero darle más aplificación a su voz porque ya tiene demasiada, y lo que quiero justamente es que se escuchen otras voces, sobre todo de las personas trans y autistas a quienes se refirió con tan poca consideración y empatía.

Si leen su texto completo (lo cual en realidad no recomiendo por lo que ya dije, está lleno de desinformación y es hasta dolorosa la forma como habla de las personas trans), encontrarán que el único momento en el que alude explícitamente a las personas autistas es utilizando el término “niñas autistas” para hablar de personas autistas transmasculinas. De entrada, arrancamos mal, porque no somos niñas.

La frase en sí misma parece bastante inocente (obviando lo de llamarnos “niñas”, que de inocente tiene poco), pero no está puesta ahí por casualidad: es el contexto lo que le da un significado diferente. Está ahí para dar un mensaje, nos está queriendo decir algo con eso y para entenderlo hay que seguir el argumento que viene hilando en ese contexto. Vamos a ello.

Por un lado, ella dice que, supuestamente (citando datos que me parecen poco fiables y luego explicaré por qué), hoy en día hay muchas más personas transmasculinas que transfemeninas, cuando solía ser al revés. Es ahí es donde agrega que lo que ella llama “niñas autistas” (personas autistas y transmasculinas, es decir, hombres y no binaries) estan “sobrerrepresentadas” (otra vez, datos que considero dudosos y más adelante me detendré en esto porque es importante). Es decir, ella destaca como algo curioso que aparentemente hay mucha gente autista transmasculina.

De todo lo que sigue, se deduce que en realidad no lo está planteando como una mera curiosidad. Por empezar, ella relaciona la transmasculinidad con otros dos conceptos que para mí nada tienen que ver con eso, que son la misoginia y la supuesta mala influencia de los trans activistas “modernos” (así nos llama).

Ella sugiere que detrás de la transmasculinidad hay algún tipo de misoginia y necesidad de huir de la feminidad y de lo que la sociedad impone como el rol o estereotipo de género femenino. Incluso se pregunta si ella misma hubiese deseado transicionar (su género) de haber nacido 30 años después. Es curioso cómo primero relaciona la transgeneridad con la misoginia, y luego ella se cuestiona si no hubiese preferido transicionar. Casi me da a pensar que, o bien ella misma tiene un problema de misoginia interiorizada que no sabe cómo gestionar, o incluso algún conflicto de género no resuelto que la lleva a envidiar e invalidar la identidad de les demás (sin ningún derecho, claro está).

En cualquier caso, ella plantea la transgeneridad como si fuese una elección, como si transicionáramos por decisión tomada a la ligera, y como si fuese una especie de solución fácil. Con lo difícil que es ser trans en esta sociedad transfóbica, nadie en su sano juicio lo elegiría de manera consciente. No porque ser trans sea malo, porque no lo es, sino porque la sociedad nos violenta solo por serlo. Nos atacan y persiguen tanto si nos amoldamos lo mejor posible a los estereotipos de género como si no lo hacemos.

Ya he hablado de esto en entradas anteriores (aquí desde una perspectiva más científica y aquí desde una más personal y empírica): que mucha de nuestra disforia sea causada por los estereotipos y las expectativas de la sociedad sobre los géneros no hace que esa disforia sea menos válida y real. Existe, y se sufre muchísimo. Y cada persona trans lo gestiona como puede, no tenemos por qué sufrir toda la carga que ponen sobre nosotres respecto al simbolismo que le quieren dar a nuestras vivencias desde las distintas ideologías. Porque a las personas cis no se les exige tanto.

Yo no transicioné “para escapar de la feminidad”, ni soy misógino por ser transmasculino. De hecho, es bastante al revés. Gracias a que estoy trancisionando puedo manifestar mi feminidad en paz sin que la gente la asocie erróneamente con una identidad que no me corresponde. No estoy huyendo de la feminidad, estoy haciendo las paces con ella. También puedo decir que sí tuve pensamientos y actitudes misóginas antes de identificarme como trans: llegué a odiar todo lo femenino por el resentimiento acumulado de vivir oprimido. Hoy en día respeto mucho más a las mujeres y su lucha, y valoro y aprecio muchísimo más los elementos que socialmente son considerados propios de la feminidad. No obstante, creo bastante poco en que haya cosas propiamente femeninas y cosas propiamente masculinas, pero bueno, lo importante es que no creo que lo masculino sea más valorable ni asigno carga negativa a lo femenino.

En definitiva, ella sugiere la idea de que somos personas confundidas, que como “queremos huir de la feminidad” (lo cual ya expliqué que ni siquiera es así), “elegimos” cambiar nuestra identidad de género (de nuevo, esto no funciona así). De esto concluyo que la única persona confundida aquí es ella, porque con este argumento estuvo asociando todo el tiempo la identidad de género con la expresión de género, cuando sabemos que son dos cosas que van por carriles separados. La identidad es algo intrínseco de cada persona, solo cada une en su fuero interno puede determinar cuál es. La expresión de género es el campo donde usualmente molestan los roles y estereotipos impuestos. Se puede ser transmasculino y tener una expresión de género que la sociedad consideraría femenina. Cualquier combinación es válida.

Por otro lado, ella se manifiesta muy preocupada porque “las niñas”, como ella llama a las personas transmasculinas, desean transicionar porque los “trans activistas modernos” ejercen una influencia negativa con esas “ideas misóginas” (a las que ya me referí en los párrafos anteriores) y una supuesta “teoría de la identidad de género” de la que ella habla con alergia. Es decir, da a entender que las personas transmasculinas son unas pobres “niñas” que no tienen capacidad de pensar por sí mismas y autodeterminar su identidad de género sin ceder a esa supuesta influencia del transactivismo y sus ideas misóginas sobre huir de la feminidad.

Como transactivista, jamás intenté imponer una identidad de género a nadie ni influir en otras personas en el sentido de convencerlas de determinarse como trans y comenzar una transición de género. Jamás se me pasaría por la cabeza hacer una cosa así. Cada vez que alguien me escribe contándome que está cuestionando su identidad de género, yo le animo a tomar el proceso con calma, a informarse mucho, a darse mucho tiempo para procesar todo, y a dar todas las vueltas que necesite.

Siempre resalto que a mí el proceso de cuestionar y determinar mi identidad de género me llevó años. Siempre digo que está perfecto no tener todas las respuestas ya, y aconsejo explorar lo que realmente hace sentir cómode a cada une. Remarco una y otra vez la importancia de no cometer el error de basar la propia vida en experiencias ajenas o en las expectativas de la sociedad, que la identidad y la expresión de género no son lo mismo, y que todes somos válides y diverses.

Siempre aconsejo buscar ayuda psicológica porque a mí, mi terapeuta me ayudó muchísimo en este camino. Hago énfasis en que no hay que tomar decisiones irreversibles a la ligera, y que antes de cambiar algo del propio cuerpo lo mejor es primero intentar aceptarlo. No es necesario someterse a procedimientos médicos para ser válide. Por último, pero no menos importante, siempre les digo a quienes me escriben que no están soles, que se cuiden muchísimo a elles y a sus cuerpos porque sus vidas son importantes y sus cuerpos son sus refugios.

Me consta que este proceder además lo comparto con muchísimes activistas trans. Así que la idea de que estamos ejerciendo una influencia negativa para “convertir” a la gente en trans es un sinsentido inmenso. ¿Saben quién sí ejerce una influencia negativa en la gente? Cierta escritora famosa con millones de seguidores alrededor de todo el mundo aportando a la desinformación y alentando el odio a comunidades vulneradas, odio en el que se basan los ataques que recibimos a diario.

En fin, es en medio de todo este contexto donde ella inserta el dato sobre que en ese grupo de “niñas confundidas” (como nos considera a las personas transmasculinas), las personas autistas estamos “sobrerrepresentados”. Y por eso estoy escribiendo esto hoy: porque soy autista y transmasculino, y no soy una niña (tengo 26 años y estoy harto de que se nos infantilice, tanto a las personas autistas como a las transmasculinas, pero de eso hablaré en otra entrada, como dije más arriba).

No estoy confundido respecto a mi identidad de género (pero lo estuve muchos años cuando la sociedad me quiso forzar a vivir una identidad que no era mía), y sé que eso nada tiene que ver con mi expresión de género (a diferencia de ella que sí parece estar bastante confundida respecto a estos conceptos). No soy misógino por ser transmasculino, y no elegí transicionar para huir de la feminidad o por la influencia del transactivismo. Puedo pensar por mí mismo, puedo cuestionar mi género, descubrirme y determinarme, y fue un proceso de años que no pienso permitir que nadie trivialice como lo hizo esta señora con sus declaraciones. Mi identidad es válida y nadie puede conocerla mejor que yo mismo.

Mi identidad además no invalida la de ella. Porque en cierto punto planteó que su identidad como mujer se veía invalidada o amenazada por nuestra existencia, cuando la única persona que puso en duda su propia identidad fue ella misma al decir que no sabe si no hubiese deseado transicionar de haber nacido 30 años después. Nada cuestionaba su identidad como mujer hasta que ella puso esa extraña frase sobre la mesa. Todo este tiempo ella se estuvo defendiendo de un ataque inexistente, reafirmando su identidad de género como mujer cis una y otra vez cuando nadie dudó de eso. Lo único que le pedimos es que en su proceso de determinación de su propia identidad no invalide la de les demás.

Invalidar la identidad de género de las personas trans es transfobia, pero además, invalidar nuestra identidad de género por ser autistas (para el caso de quienes somos trans y autistas) es capacitismo. Porque sí, al ser autista, tengo cierto grado de discapacidad, y discriminarme o considerarme inferior por eso, es capacitismo. La discapacidad no es algo binario que o no se tiene o se tiene en un nivel extremo. Es más bien como un espectro. Por eso en mi caso, ese grado de discapacidad que tengo al estar dentro del espectro autista significa que necesito cierta ayuda, que aunque no es tanta como en otros casos, mi vida se vuelve mucho más tortuosa si no la tengo. Pero aunque necesite ayuda para determinadas cosas, ser autista no es de ninguna manera un impedimento para conocer mi identidad de género, y afirmar una cosa así es paternalismo y capacitismo.

Queda por tratar entonces un último punto que sigue en el tintero: ¿Por qué considero que los datos que cita en su ensayo son poco fiables? Por un lado, cita datos estadísticos sobre personas trans, y por otro, sobre personas autistas. Luego los solapa. La intersección de dos ámbitos donde el margen de error es grotesco no puede aportar nunca datos confiables. Al día de hoy no hay estadísticas globales que censen correctamente las realidades trans. Hay muchos países y entornos donde las personas trans no pueden reconocer que lo son sin correr un peligro enorme. Hoy por hoy, no se puede confiar mucho en los números que pretenden documentar la realidad trans.

En cuanto al autismo, los criterios de diagnóstico están en pleno cambio y tenemos grandes tasas de diagnósticos muy tardíos. Mi caso es un ejemplo: me diagnosticaron de adulto a pesar de que se me considera un caso “de manual” (bastante cercano a los clichés más popularmente conocidos sobre el autismo). Además, el autismo ha sido ampliamente estudiado en hombres, y los criterios de diagnóstico surgieron de esos estudios, por lo que, si incluso en hombres hay tantos diagnósticos tardíos, en mujeres es mucho más difícil de diagnosticar porque se las evalúa en base a criterios definidos para hombres. Por eso, si los hombres trans están sobrerrepresentados en ese dato que la autora del ensayo cita, es solo porque en general los hombres están sobrerrepresentados en los números sobre el autismo, porque se ha estudiado muy poco en mujeres y se las diagnostica mucho menos.

Como conclusión final vemos que este desafortunado ensayo que tanta atención recibió es un pozo de desinformación, transfobia y capacitismo, y que es su autora la primera persona en estar extremadamente confundida respecto a temas de transgeneridad y autismo. Por lo tanto, quiero primero agradecer inmensamente a quienes se hayan tomado el tiempo de leer todo esto, y quiero también pedir que en lugar de amplificar la voz de agentes externos al tema que opinen sobre nosotres desde la ignorancia, se amplifique nuestras voces, de las personas trans y autistas, porque tenemos derecho a hablar por nosotres mismes. Muchas gracias.

~L. Tukić