sábado, 6 de julio de 2019

[Relato] Té de las cinco

El siguiente relato es un adelanto de la antología que me encuentro escribiendo en este momento, y que estimo será publicada en 2021.

[Advertencia de contenido: crisis de ansiedad / ataque de pánico.]

Té de las cinco


Miró por la ventana hacia la oscuridad misma. Todo estaba bien. Eso quiso creer. Pero la noche transcurría y el insomnio había vuelto. Pasó el dedo por los contornos del vitral. Del otro lado escurrían las gotas de la lluvia. En la profundidad de su ser, sentía el cansancio latente, pero sus ojos apenas se cerraban para parpadear. Estaba alerta, como si su vida dependiera de ello. Se sentía perseguido por los más vívidos fantasmas de su pasado. No eran meros recuerdos. Eran realidades superpuestas. Visiones, olores que no estaban allí, pero que podía asociar a elementos muy definidos de los primeros años de su vida. Sabores, voces que lo llamaban…

En algún momento se había dormido sentado en el sofá del salón. Habrán sido veinte minutos. Una pesadilla lo sobresaltó. Y luego creyó escuchar a alguien toser en la habitación. Cerró los ojos con fuerza. Sabía que no había nadie allí. Odiaba esas noches. Prefería aquellas en las que lograba dormir al menos cinco horas, aunque a la mañana siguiente tuviese cinco pesadillas más en su memoria. Cualquier cosa era mejor que ese desesperante estado de alerta. Porque el tiempo se distorsionaba de la peor manera. Y cada vez que miraba el reloj, contaba las horas que faltaban para el amanecer y se preguntaba si sería capaz de soportar tanto.

Se levantó del sofá con las piernas débiles. Caminó, demorando cada paso el mayor tiempo posible, y se agazapó contra el marco de la puerta de la habitación. Respiró, y escuchó el aire entrando y saliendo por su nariz. Intentó convencerse de que ese sonido lo tranquilizaría. No fue así. Era irritante. Miró sus manos temblorosas, y en un arranque de valor, entró al dormitorio. Dudó un momento, pero se forzó a encender la luz. Se sobresaltó sin razón: el cuarto estaba vacío, tal como se suponía que debía estar. Estaba solo. Rechinó sus dientes, molesto con las ideas ridículas que atravesaban su mente en esas noches, y salió de la habitación. Cerró la puerta. “Por las dudas”.

Se refugió en la cocina. Por alguna razón, en esos minutos resultó ser la sala más fría de la casa. Apoyó las manos sobre la mesada, pero las retiró al notar el dolor del frío trepando por su piel. Hubiera querido golpear la pared, pero no era esa clase de persona. No. Él era más bien de los que se consumen lentamente en silencio y soledad. Rozó su lengua contra el paladar y frunció el ceño. El recuerdo de un sabor, otra vez, apareció con esa misma intensidad con que lo hacía cada cosa que hubiera preferido olvidar. Pero su memoria era una condena. A veces, recordaba páginas completas de los libros que había leído. En ese momento, lo que recordaba era el sabor de la medicina que le salvó la vida cuando tenía 4 años. No lo recordaba, lo saboreaba, en ese mismo instante. Y el aroma asociado. ¿Por qué?

Entre la una y las dos había logrado leer algunas páginas de un libro, y luego, del periódico del día anterior. Nada más. Cuando volvió de la cocina y miró el reloj del salón, eran las tres y once minutos. Sintió un temblor. “Las tres, es la peor hora”. El mismo pensamiento aparecía cada noche de insomnio, por razones que había decidido olvidar. Eran pocos los recuerdos que podía darse el lujo de negarse. Pero reconocía ese patrón. Sabía que todo lo malo que pudiera pasar, ocurriría en el entorno de las tres de la madrugada. Comenzó a sentir la inquietud. Quiso recorrer la casa, pero sus piernas no le respondieron más que para temblar.

Se sentó en el escritorio y golpeó un lápiz contra la tapa de un cuaderno. Por un momento sintió que ese sonido lo mantenía anclado a algo. No supo a qué, pero lo sintió bien. Cerró los ojos y, además de los golpes del lápiz, oyó un susurro a su derecha. Volvió a sobresaltarse, y dejó caer el lápiz. Miró en todas direcciones. Otra vez, no había nadie. Movió la silla hacia atrás y se paró como si hubiese resuelto algo muy importante. Pero lo único que hizo después fue acercarse a la puerta principal de la casa y apoyar su oreja contra la madera, como si esperase escuchar algo al otro lado. No oyó otra cosa que la incesante lluvia.

Caminó de una punta a la otra del pasillo que llevaba al dormitorio. Lo repitió varias veces, con pasos cada vez más acelerados. Creyó ver la luz del baño encendida, y se apresuró a refugiarse una vez más en la cocina. Se tapó los oídos con las manos, y cerró los ojos. “Esto no está pasando, todo está bien, todo está en tu cabeza”. Las palabras tranquilizadoras con las que intentó llenar su mente se superpusieron con las imágenes de un viaje. Estaba en un tren, agazapado en el asiento, mientras veía a su padre pelear con otro hombre. “No te preocupes, él sabe lo que hace”. Los padres siempre saben lo que hacen. ¿No? Pero de un momento a otro, él era el hombre desconocido, y el puño de su padre fue a dar en su nariz. ¿Cómo pueden doler tanto los recuerdos?

Abrió los ojos de golpe y se apoyó contra la mesada, como si despertara de un trance asfixiante. Volvió al pasillo y revisó el baño. No había nada, la luz había estado apagada hasta que él la encendió. Pasó otra vez frente a la puerta de la habitación, y una nueva imagen apareció en su cabeza. Abrió la puerta, y observó el cuarto en penumbra. El bulto en la cama era su madre, cubierta por frazadas, sin fuerza para levantarse, sin fuerza para cuidar de sus hijos. Pero ahora no estaba ahí. Cuando no estaba en la cama, lo llamaba desde la cocina. Siempre había algo para pedirle. Nunca era suficiente. Nada de lo que él hiciera era suficiente. Nadie sería feliz allí.

Sintió arcadas, y presionó el puño contra sus labios apretados. El dolor en la boca del estómago, las palpitaciones, el miedo, la sensación de la muerte inminente, todo estaba en su cabeza. Sintió el cosquilleo del sudor en su piel. Empezó a desesperarse. Tal vez no podría seguir respirando, tal vez su cuerpo ya no dejaría entrar o salir el aire de sus pulmones. Volvió al sofá y presionó los puños contra los reposabrazos. Había lágrimas corriendo por sus mejillas y no entendía por qué estaban allí ni cuándo habían aparecido. Tampoco podía hacer nada para evitarlo. De hecho, su propio rostro comenzaba a adormecerse. Sentía un hormigueo en cada músculo de su cuerpo, y ya no pudo mantener los ojos abiertos. “No soy yo, no estoy aquí, esto no es real”.

Llegaron las cuatro y media de la mañana, y lo supo cuando oyó el canto de un pájaro. Si no hubiese mirado el reloj, no habría tenido consciencia del tiempo que pasó agazapado en el sofá, intentando respirar, intentando seguir vivo. No sabía cuándo había dejado de llover. No entendía por qué las horas parecían días hasta que llegaban las cuatro y entonces el tiempo volvía a su curso normal. Lo peor ya había pasado. Pronto amanecería, y tendría que enfrentar un día más. Estaba acostumbrado a que la gente lo juzgue por su “cara de muerto en vida”, eso no le preocupaba. Sí le preocupaba ser ineficiente en el trabajo, porque durante muchos años se había convencido de que su fortaleza era su efectividad, y perder eso era perder una parte demasiado significativa de su identidad. Había elegido muy mal la forma de definirse a sí mismo.

Esperó un rato más. Tomó consciencia de cada parte de su cuerpo, como si se examinara. Podía abrir los ojos. Podía mover sus brazos y piernas a voluntad. No había rastros de las sensaciones que lo habían confinado al sofá una hora atrás. Tal vez un poco de tensión muscular. Empezó a hacer cálculos. En ese momento de la madrugada, cuando faltaba poco para la claridad, sobrevenía la frustración de saber que no podría recuperar las horas de sueño perdidas. Solo quedaría el dolor de cabeza, como cada mañana luego de una noche de insomnio, ansiedad y disociación. Con suerte, se iría después de tomar ibuprofeno con el desayuno. Lo que no se iría es su mirada llena de vacío infinito, tras la cual se refugiaría, como cada día, al destilar odio con sus palabras. Porque era lo poco que había logrado aprender en su vida, de los ejemplos que lo rodearon siempre.

Entonces fue, una vez más, a la cocina. Observó por la ventana los primeros contornos distinguibles de algunas nubes. Puso a calentar agua en el fuego, y preparó dos tazas. Té con jengibre, sin azúcar. Se dejó perder en la visión de los colores del alba. El azul pálido se fue transformando en un suave rosado, mientras él hacía un desayuno en “modo automático”, resignado, guiado por la misteriosa fuerza de la inercia. El agua hirvió, las tazas estuvieron llenas, ambas sobre una bandeja, acompañadas de algunas tostadas. Suspiró mientras daba una última mirada al lento amanecer.

Volvió al salón, dejó la bandeja sobre la mesa ratona, y se sentó en el sofá. Por alguna razón, el frío de la mañana siempre resultaba más acogedor que el de la noche. Incluso estando en verano. Rodeó una de las tazas con sus manos, buscando sentir algo de calor. Miró hacia el pasillo, y la vio venir desde la habitación. Sonrió, y entrecerró los ojos, un poco abrumado por el color blanco de su camisón, y de su fino y largo cabello. Ella le devolvió la sonrisa, y se sentó frente a él. Justo a tiempo para el té de las cinco.

~L. Tukić
03.07.2019

lunes, 1 de julio de 2019

[Lectura] “Un mundo feliz” —Aldous Huxley

Un mundo feliz - Aldous Huxley
Título: Un mundo feliz.
Título original: Brave New World.
Autor: Aldous Huxley.
Publicación: 1932.
País: Reino Unido.
Páginas: 256.
Géneros: Novela, ciencia ficción, distopía.

«El condicionamiento ante la muerte empieza a los dieciocho meses. Todo crío pasa dos mañanas cada semana en un Hospital de Moribundos. En estos hospitales encuentran los mejores juguetes, y se les obsequia con helado de chocolate los días que hay defunción. Así aprenden a aceptar la muerte como algo completamente corriente.»

He de confesar que la ciencia ficción está muy lejos de ser mi género literario preferido. Podría decir que se debe a que es el más cercano a mi realidad diaria, pero no parece un argumento válido si considero que a muchos de los científicos con los que comparto ámbito se sienten muy atraídos por él. Se me ocurre entonces que el problema está en la forma que tengo de ver a la ciencia, con sus luces y sombras, con todo el potencial que tiene para mejorar la vida de las personas, pero también con todo el potencial que tiene para destruir. La realidad es que tengo demasiado presente, todo el tiempo, el lado más oscuro de la ciencia, y veo todo lo que hay que cambiar en la actividad. También soy muy consciente del enorme esfuerzo que cuesta cambiar algo que lleva muchos años funcionando de una forma determinada, cayendo en dogmas y mitos que se han vuelto muy difíciles de derribar. Esta es una idea con la que suelo encontrarme en los libros de ciencia ficción, por lo que, llegado un punto, me satura. Entiendo si otras personas no sienten lo mismo.

La historia de Un mundo feliz está ambientada en el año 632 d.F. (después de Ford, tomando como referencia el año 1908, en el que se fabricó el primer Ford Modelo T), y presenta una sociedad en la cual los seres humanos son concebidos únicamente en laboratorios (la concepción natural fue abolida) y se encuentran separados en clases sociales que son fuertemente condicionadas, desde su concepción hasta su adolescencia, para desempeñar cada grupo ciertas tareas específicas. El condicionamiento consiste en una especie de entrenamiento por medio de premios y castigos, y el resultado es que cada persona es feliz y está conforme con el lugar que le tocó en la sociedad. Es así que existen los Alfas, a quienes estimulan su inteligencia para que se ocupen de controlar el mundo y desarrollen las tareas más complejas, luego existen los Betas, que son la mayoría y tienen conocimientos promedio para desempeñar tareas técnicas, y por último existen los Gammas, Deltas y Epsilones, cuya inteligencia es desestimulada para que se encarguen de las tareas más sistemáticas y simples.

En este Estado Mundial la vida está dominada por los avances tecnológicos, y un modelo extremo de producción y consumismo. Cada clase está educada para saber que todas son necesarias para el progreso social, pero a la vez se desprecian mutuamente, ya que cada persona fue criada por el sistema para creer que el lugar que le corresponde es el mejor que podría haberle tocado. Aún así, tienen la previsión de pensar que todo ser humano puede tener momentos de cuestionamientos existenciales, por lo que se aseguran de dar acceso a una droga sin efectos secundarios perjudiciales, a la que llaman ​soma​. Los habitantes pueden consumirla voluntariamente para entrar en un trance tranquilizador, pero también puede ser utilizada por las autoridades (esparciendo vapor de ​soma​) para controlar posibles sublevaciones gracias a su efecto anestésico.

A todo esto, existe una contraparte al Estado Mundial, que son las reservas donde viven los salvajes, seres humanos que quedan por fuera del sistema, y por lo tanto sufren las consecuencias de la falta de educación y tecnología. Todos los detalles de este mundo se van revelando progresivamente a medida que avanza la trama, que comienza a desarrollarse cuando dos personajes del Estado Mundial viajan a una de estas reservas. No voy a entrar en detalles para no spoilear, pero la mayor parte del libro consiste en la contraposición de las dos culturas, la de la sociedad avanzada y tecnológica, y la de los salvajes.

El libro en sí me resultó un poco tedioso, con una narrativa lenta y sobreexplicativa (algo que muchos elogian de la ciencia ficción, pero que a mí me quita inmersión en las historias). Una vez que terminé de leerlo, empecé a disfrutarlo. Es que hay en esta obra mucha crítica social y mucho para digerir y analizar en profundidad. Además, en el momento que leí este libro, estaba terminando un curso semestral de ética, y eso me ayudó a entenderlo de otra manera. Puede que la narrativa me haya parecido un punto negativo, pero eso no impide que recomiende este libro, por su capacidad de generar reflexión sobre nuestro futuro y las tendencias de nuestra sociedad, y de la ciencia que hacemos.

Aldous Huxley
Aldous Huxley

Estamos hablando de un mundo en el que los habitantes son condicionados desde su nacimiento para ser felices con lo que les imponen y no cuestionar nada. Es por eso que, quedándose solo con esa idea de felicidad absoluta, algunas personas dicen que este libro no es una distopía, sino una utopía. De verdad, eso dicen, los he escuchado. No obstante, ya que estos habitantes no tienen la capacidad de estar inconformes con lo que se les ha impuesto, ni son capaces de cuestionar el sistema o dar opiniones desde su autonomía y sin coacción alguna, pienso que un ejercicio interesante puede ser imaginar lo que pensaría un ciudadano actual cualquiera (o un conjunto de ellos) si viajara en el tiempo al futuro y llegara a una sociedad como la de Un Mundo Feliz.

En cuanto a la ciencia y la tecnología, pienso que su finalidad es beneficiar a la humanidad y mejorar la calidad de vida, aunque también se puede entender el conocimiento como la satisfacción de saciar la curiosidad que caracteriza al ser humano como especie, al permitirle comprender el Universo en el que vive. Sin embargo, en el Estado Mundial, el fin de la ciencia es favorecer al sistema establecido, para la conveniencia del reducido grupo que decide el destino de la sociedad mediante su visión meramente utilitarista, en la que solo contemplan su perspectiva de lo que se considera beneficioso. Es una ciencia que tiene al ser humano como medio, y no como fin. En las personas se experimenta, y cada vida humana es fruto de una investigación, ya que su producción es artificial y su condicionamiento es en sí un proceso de experimentación en ellos.

Eventualmente, los “viajeros del tiempo” que planteé antes, luego de reflexionar sobre este “mundo feliz”, entenderían que la felicidad de los ciudadanos del Estado Mundial es falsa e impuesta, a costa de sacrificar los derechos que hoy se reconocen como básicos de todo ser humano:
—La libertad: las personas del Estado Mundial no gozan de libre albedrío, sino que todas sus acciones y su forma de pensar han sido impuestas mediante el condicionamiento, por lo que no hay libertad real.
—No ser sometidos a esclavitud: al tener las personas como único valor el utilitario, y condicionárselas para que estén felices con la función que deben desempeñar, se las está esclavizando, aunque no sean conscientes de ello.
—No ser torturado ni sometido a tratos degradantes: derecho que se ve violado durante la primera etapa de vida de las personas, por el condicionamiento que se da por medio de asociación con estímulos, algunos de los cuales pueden ser muy perjudiciales y dañinos.
—Libre tránsito: las personas del Estado Mundial no pueden salir de él o ingresar con libertad, y del mismo modo se prohíbe a los habitantes de las reservas salvajes y de las islas (donde exilian a quienes no se adaptaron al sistema en el que nacieron) la libre circulación de un territorio a otro.
—Libertad de pensamiento, conciencia y religión: una forma de libertad que es particularmente negada, por un lado, ya que el condicionamiento impide el pensamiento individual, imponiendo un pensamiento único a todos los humanos de cada clase, y por otro lado, porque en el Estado Mundial no existe la religión (aunque existe algo similar, una especie de culto sectario a Ford, que es único y seguido por todos), por considerarse incompatible con los objetivos y métodos del sistema establecido.
—La educación: si bien las personas reciben un cierto grado de educación, esta es mínima y siempre obedece a los intereses utilitarios de lo que se espera que el individuo sepa según la clase social a la que pertenece. La educación como tal, completa, libre, sin censura e imparcial, no existe, excepto para los interventores mundiales, que son diez y deciden qué material será censurado y cuál no.

Supongamos entonces que los “viajeros del tiempo” se preguntan si es este “mundo feliz” más justo que el mundo actual del que ellos partieron. Según el filósofo estadounidense John Rawls, una sociedad justa podría definirse como aquella que uno crearía si no supiera qué lugar le tocaría ocupar en ella. Es una definición que apela a la empatía, la cualidad humana que permite comprender la situación de otro ser humano al imaginarse viviendo en esa misma situación. Pensando en cada lugar posible dentro de la sociedad del libro de Huxley, encontramos que en todos ellos hay derechos humanos básicos violados. Además, a diferencia de nuestro mundo, ese “mundo feliz”, donde no hay autonomía ni pluralidad, no parece tener posibilidades de evolución y mejoría, más allá del desarrollo tecnológico utilitarista. En nuestro mundo actual vemos todo el tiempo avances en materia de derechos humanos. Quizás percibimos muchas veces que estos avances no se dan con la rapidez suficiente para garantizar la dignidad humana en todos los casos. Pero suceden. Tarde o temprano, suceden.

En definitiva, esto ha sido apenas una introducción a todo lo que se puede debatir en torno a esta obra, y es evidente que este libro es de esos que dejan a uno rumiando durante un tiempo, con ansias de discutir sus impresiones con otros lectores. ¿Utopía o distopía? ¿Felicidad por condicionamiento, o dignidad y derechos humanos? De cualquier manera, creo que solo por poner sobre la mesa estos dilemas, este libro se merece el lugar que tiene en la historia de la literatura. Y por eso lo recomiendo.

~L. Tukić

jueves, 20 de junio de 2019

[Ciencia] Mecánica cuántica y neurofilosofía del libre albedrío

Libre albedrío

El concepto de libre albedrío ha tenido varias definiciones a lo largo de la historia, y según los paradigmas ideológicos predominantes en las distintas regiones del mundo. No obstante, a nivel individual y social resulta un asunto muy relevante. A la vez que se vincula con la libertad que asumimos como propia del ser humano, inalienable, predeterminada en un contexto individual, también se relaciona con la responsabilidad en un contexto social y ético.

En forma intuitiva, la mayoría de las personas entienden el libre albedrío como aquello que les permite tomar la decisión de ejecutar una acción, y luego llevarla a cabo. Las descripciones más comunes tienden a señalar que hay una consciencia, una experiencia subjetiva personal, que actúa como mecanismo por el cual decidimos lo que queremos hacer, y una vez que fue tomada la decisión, procedemos a realizar las acciones necesarias para alcanzar el objetivo que nos habíamos planteado. Así, por ejemplo, podemos decidir encender la luz en una habitación, y como consecuencia, moveremos el brazo hasta el interruptor para encenderla. En cuanto a la experiencia subjetiva de la consciencia, mucha gente manifiesta oír una especie de “voz interna” que toma las decisiones y razona para llegar a ellas, reconociendo esa voz como una expresión de su propia voluntad como persona.

Una definición un poco más precisa o rigurosa del libre albedrío es la que propone el psiquiatra alemán Henrik Walter en su libro Neurophilosophy of free will. Según él, para que exista libre albedrío deben cumplirse tres condiciones:

  1. Capacidad de hacer lo contrario: se debe tener al menos dos alternativas o cursos de acción posibles entre los cuales elegir.
  2. Control sobre las elecciones propias: se debe poder decidir sobre las acciones propias sin coerción ni interferencia de mecanismos externos.
  3. Capacidad de responder a las razones: las decisiones deben estar motivadas racional o emocionalmente, es decir, no pueden ser determinadas por el azar.

La ética y la ley han adoptado estas ideas, y en general se considera que una persona es responsable de todas las acciones y decisiones que toma mientras se cumplan estas tres condiciones. Más aún, se asume que lo normal es que esta definición de libre albedrío se aplique a todos los seres humanos por defecto, salvo en casos excepcionales como la existencia de un trastorno mental que altere la consciencia o el comportamiento de la persona independientemente de su voluntad.


Determinismo versus mecánica cuántica

El determinismo fue en sus orígenes una postura filosófica que esgrimía que todo fenómeno o evento sucedido es consecuencia de condiciones suficientes para que el mismo ocurra. Esto incluye las decisiones y acciones humanas. Con la llegada de la mecánica de Galileo y Newton, se reforzó la idea de la existencia de leyes inmutables, verificables mediante experiencias empíricas, y expresables por medio del lenguaje matemático, que rigen todo el Universo y lo que en él acontece. Esto implica que sin importar nuestra capacidad de predecirlo, todo el futuro debería estar determinado por el pasado, y esto es incompatible con la existencia del libre albedrío.

Si cada acontecimiento del futuro fue sentenciado por el curso del pasado, cada decisión que tomamos fue determinada mucho antes de que tuviésemos la percepción consciente de que así fue. Esto no solo nos exime de cualquier responsabilidad sobre nuestras acciones, sino que además nos quita la libertad que asumimos que poseemos por naturaleza. Este dilema nunca pudo ser resuelto por la filosofía, que se ha debatido entre tres posturas:

  1. El determinismo no funciona para todo (no es absoluto) y el libre albedrío sí existe.
  2. El determinismo es absoluto y el libre albedrío no existe, sino que es una ilusión de nuestra percepción subjetiva.
  3. El determinismo absoluto y el libre albedrío deberían poder coexistir de alguna manera.

Con el descubrimiento de la mecánica cuántica se hizo evidente que el determinismo no se cumple de la forma en que se esperaba en la época de Newton. A nivel cuántico, los fenómenos se rigen por probabilidades, y si bien hay acciones que determinan ciertos eventos (el colapso de la función de onda al medir, por ejemplo), estos tendrán resultados diferentes que responden al azar y a la función de probabilidades que los gobiernan. Fenómenos que no pueden ser explicados mediante el determinismo o que son incompatibles con él, como ocurre por ejemplo con el efecto túnel o con la incertidumbre de Heisenberg, son los que imperan a nivel de átomos y partículas, que son lo que en última instancia nos conforma como organismos hechos de materia.

Esta nueva perspectiva abre la posibilidad de pensar que nuestras decisiones no están por completo determinadas por los acontecimientos del pasado. Esta impredictibilidad puede tener incluso ventajas a nivel evolutivo, en las relaciones de competencia y depredación entre las distintas especies, ya que a nivel de individuos puede incrementar las probabilidades de supervivencia. Sin embargo, si todo se reduce a una función de probabilidades, podemos decir que tampoco somos responsables por nuestras acciones, ya que las elecciones se producirían de forma aleatoria, sin responder a las razones (una de las condiciones para que exista libre albedrío). Vemos entonces que la mecánica cuántica es tan incompatible con el concepto de libre albedrío como lo era el determinismo.

Nos encontramos entonces en el punto en el que nos debatimos entre las tres posturas antes mencionadas, sin importar si hablamos de determinismo o de mecánica cuántica: cualquiera de los paradigmas presentados por la física encuentra difícil la coexistencia con el libre albedrío. Ya que no tenemos indicios que nos lleven a pensar que la tercera postura sea posible, debido a su aparente naturaleza contradictoria, nos centraremos en las dos primeras.

Por un lado, se postula que las leyes de la física no constituyen reglas absolutas que rigen la totalidad del Universo, sino que expresan ciertas regularidades que la humanidad ha encontrado en él. Entendiendo que el libre albedrío puede quedar por fuera de estas regularidades documentadas por las leyes de la física, su existencia se vuelve posible y el dilema quedaría resuelto.

Por otro lado, se considera que las leyes físicas, incluyendo la mecánica cuántica, son absolutas, describen todos y cada uno de los fenómenos del Universo. Como vimos antes, esta noción impide que se cumplan las tres condiciones necesarias para definir la existencia del libre albedrío. En ese caso, tendríamos razones para pensar que se trata de una ilusión de nuestra percepción subjetiva, una especie de trampa de la consciencia. Esto además implicaría que no tenemos ninguna responsabilidad en absoluto sobre nuestras acciones, incluso cuando estamos convencidos de que fuimos nosotros quienes tomamos la decisión de llevarlas a cabo.


Experimentos de Libet

El “recorrido” que suele describir la gente cuando se les pregunta sobre el mecanismo por el cual ejecutaron una acción voluntaria es el siguiente:

  1. “Aparece en su cabeza” la idea de realizar una acción (toman la decisión).
  2. El cerebro envía al cuerpo los impulsos nerviosos para mover los músculos.
  3. Los músculos se mueven para realizar la acción.

No obstante, en 1983, el neurólogo estadounidense Benjamin Libet concluyó, mediante una serie de experimentos, que los ítems 1 y 2 ocurren en orden inverso. Para eso se basó en el descubrimiento previo de Hans Helmut Kornhuber y Lüder Deecke, el “potencial de preparación”, que cuantifica la actividad cerebral asociada a la preparación para un movimiento voluntario.

Por un lado, Libet evaluó la sensación subjetiva de los sujetos de los experimentos, solicitándoles que realicen determinados movimientos en momentos elegidos por ellos y que informen el instante preciso en el que tuvieron la impresión de que decidieron hacerlo. Así, medía la distancia temporal entre ese instante y en el que se registraba la contracción muscular con un electromiograma. Por otro lado, evaluó el potencial de preparación mediante electroencefalograma.

La evaluación de la experiencia subjetiva mostró que los participantes tenían la sensación de querer realizar el movimiento antes de realizarlo, lo cual es coherente con la creencia de que la acción voluntaria es precedida por la decisión tomada. Sin embargo, la evaluación objetiva de las variables medibles demostró que el potencial de preparación aparecía antes de que el sujeto fuese consciente de que quería realizar el movimiento. Es decir, los participantes se daban cuenta de su intención de actuar luego de que el cerebro ya se había preparado para realizar la acción. Se dedujo entonces que nuestras acciones simples (y en potencia, las complejas) son provocadas primero por una actividad neuronal inconsciente, y que luego ocurre el proceso consciente por el cual creemos que hemos decidido actuar.

Estos experimentos, y posteriores que siguieron la misma línea, parecen complicar aún más la posibilidad de la existencia del libre albedrío tal como ha sido definido tradicionalmente. Algunos experimentos incluso añadieron determinadas consecuencias a la acción que se pedía a los participantes que ejecuten, y se concluyó que las personas evalúan el momento en que han tenido la intención de realizar una acción basándose en las consecuencias de su acción y no solo en la acción motora en sí. Esto refuerza la hipótesis de que el libre albedrío es una ilusión subjetiva.


Coherencia

Existe un proceso de coherencia en el cerebro que nos lleva a tener la percepción subjetiva de que nuestras respuestas conductuales tienen una razón de ser basándose en factores internos y externos. En el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) se han realizado experimentos en los cuales se observaron cambios en el comportamiento de los sujetos cuando estos eran expuestos a campos magnéticos. Estos cambios llegaron a manifestarse incluso en los juicios morales de la persona. No obstante, cuando los sujetos tomaban consciencia de las decisiones que habían tomado (ya que esto ocurre luego de que la acción ya se inició por mecanismos involuntarios), sostenían que se trataba de decisiones propias y que no habían sido influidos por el experimento.

Esta misma coherencia puede ser la que nos da la sensación de que hemos tomado una decisión antes de realizar su acción correspondiente, aún cuando el potencial de preparación revela que a nivel inconsciente la decisión “ya estaba tomada”. Pero a la vez, esta coherencia pauta que estas acciones que comienzan a ejecutarse de manera inconsciente tienen una forma de ser justificadas conscientemente según el patrón de comportamiento de la persona, su forma de razonar, sus experiencias y su ideología. Es decir, no hay completa aleatoriedad en las decisiones, sino que el cerebro “extrapola” en base a información que ya tenía disponible, para que luego exista esa coherencia al momento de ser conscientes de que tomamos la decisión, y esta “responda a las razones”.

Por poner un ejemplo, si una persona tiene que decidir qué va a cenar esa noche, aún si las acciones para preparar la cena comienzan a nivel cerebral antes que la sensación consciente de haber hecho una elección, la decisión resultante se mantendrá dentro de ciertos parámetros: las comidas que le gustan a esa persona, las que ya ha comido antes, las que sabe cocinar, etc. Incluso al hablar de mecánica cuántica, la función de onda toma valores superiores en algunas regiones, e inferiores en otras, por lo que el azar no está igualmente distribuido entre todas las posibilidades. Y esa distribución específica de probabilidades puede haber sido inducida por determinados eventos previos. Por lo tanto, no puede haber un determinismo absoluto, ni un azar absoluto. Cuando colapsa una función de onda, parece hacerlo en forma aleatoria, y sin embargo, sigue un patrón de comportamiento (como ocurre por ejemplo en el experimento de la doble rendija, que se genera un patrón característico de interferencia que responde a ciertos parámetros como la distancia entre las rendijas). Lo mismo ocurre con la decisión de la cena. Hay coherencia.


Ética y responsabilidad

Ya sea que se fortalezca la idea de que el libre albedrío es una ilusión subjetiva, o que se encuentre un punto de compatibilidad entre las leyes físicas y la existencia del libre albedrío, seguimos siendo seres humanos que vivimos en sociedad. En ese aspecto, podría tener un impacto grave el hecho de remover la noción de la responsabilidad que tenemos por nuestras acciones. Por poner un ejemplo extremo: ¿Qué ocurriría si asumimos que ningún ser humano que asesine a otro es responsable por esa acción?

Siendo consecuencialistas, esta idea de responsabilidad puede llegar a implicar un bien mayor como lo es la supervivencia misma de la especie. Para aquellos más afines a la teoría deontológica, la revocación de esta responsabilidad podría aumentar las probabilidades de que una persona asesine a otra, pero debería considerarlo un acto negativo desde el momento en que esa misma persona desea no ser asesinada por otra. En última instancia, exista o no el concepto de responsabilidad asociado a la existencia del libre albedrío, sabemos que hay acciones que son perjudiciales para nuestra vida en sociedad, y que nos convierten en peores seres humanos. Quizás por eso no deba abandonarse este concepto o alguna variante de él, aún cuando la ciencia concluya que el libre albedrío no existe.

Por otro lado, sabiendo que existe el proceso de coherencia cerebral que influye en el curso de nuestras decisiones, podemos comprender la importancia de los estímulos internos y externos que el cerebro tomará como información disponible para extrapolar en el futuro. Esto nos devuelve parte de la responsabilidad, la de procurar embebernos con estímulos e ideas que fomenten la elección de acciones constructivas por sobre las destructivas. Además, nos responsabiliza también (en parte) por las elecciones de los demás, ya que los estímulos que aportamos a otras personas pueden convertirse en información para extrapolar en el futuro. Los niños que crecen en ámbitos violentos tienden a ser adultos generadores de situaciones de violencia. La responsabilidad adquiere entonces una dimensión colectiva muy valiosa en los diversos aspectos de la humanidad, sea en su supervivencia como especie, o en su salud física y mental como individuos.


Fuentes:
Bengoetxea, J. B., y Mitcham, C. (2010). Ética e Ingeniería. Valladolid, España: Universidad de Valladolid.
Brembs, B. (2010). Towards a scientific concept of free will as a biological trait: spontaneous actions and decision-making in invertebrates. Proceedings of the Royal Society B: Biological sciences. Published online doi:10.1098/rspb.2010.2325.
Gambini, R., y Pullin, J. (2018). A Hospitable Universe: Addressing Ethical and Spiritual Concerns in Light of Recent Scientific Discoveries. Exeter, Reino Unido: Imprint Academic.
Hallett, M. (2007) Volitional control of movement: the physiology of free will. Clin Neurophysiol. 118(6): 1179-1192.
Kornhuber, H. H., Deecke, L. (1965). Hirnpotentialänderungen bei Willkürbewe-gungen und passiven bewegungen des menschen: bereitschaftspotential undreafferente Potentiale. Pflügers Arch. 284: 1-17.
Lavazza, A. (2016) Free Will and Neuroscience: From Explaining Freedom Away to New Ways of Operationalizing and Measuring It. Front Hum Neurosci. 10: 262.
Libet B., Gleason C. A., Wright E. W., Pearl D. K. (1983) Time of conscious intention to act in relation to onset of cerebral activity (readiness-potential). The unconscious initiation of a freely voluntary act. Brain. 106(3): 623-642.
McFadden, J., y Al-Khalili, J. (2014). Life on the Edge: The Coming of Age of Quantum Biology. Nueva York, Estados Unidos: Penguin Random House.
Walter, H. (2001). Neurophilosophy of Free Will: From Libertarian Illusion to a Concept of Natural Autonomy. Cambridge, Estados Unidos: The MIT Press.


~L. Tukić

sábado, 15 de junio de 2019

[Música] Sopor Aeternus & The Ensemble of Shadows

Sopor Aeternus & The Ensemble of Shadows
Nombre: Sopor Aeternus & The Ensemble of Shadows.
Integrantes: Anna-Varney Cantodea.
Actividad: 1989 - Presente.
País: Alemania.
Géneros: Gótico, darkwave neoclásico, neofolk.

«I know it must seem to you like the strangest thing to say
But in the winter of his presence I've always felt warm and safe
I always knew no skirt no suit would ever bother me
As long as he is present, as long as this man stayed close to me

I do like his company, I enjoy it, in fact
He's the only human friend that I ever had
Which is quite ironic, 'cause he's mostly occupied
By the methods that exist to blow out people's lights...»


La música es una parte muy importante de mi vida. Muchas veces fue lo que me acercó a otras personas, pero también estuvo siempre que no tuve a nadie cerca. La música es la única fuerza capaz de callar ciertos pensamientos que preferiría que nunca se apareciesen por mi cabeza. Una caricia verdadera en los momentos de mayor vulnerabilidad. Por eso no puedo dejar de darle un espacio en este blog. Y para abrir este rincón melómano, quiero contarles sobre una artista cuya música ha resultado ser una gran inspiración para mí, y con la que además me siento bastante identificado en algunos aspectos.

Sopor Aeternus & The Ensemble of Shadows es el proyecto musical de Anna-Varney Cantodea, una artista alemana con una historia no muy conocida, pero tan interesante como triste. Es que por lo poco que cuenta de su vida en entrevistas (las cuales aparentemente siempre concede por fax, incluso hoy en día, y en condiciones que garanticen su anonimato), es una sobreviviente de años, décadas, de maltrato y soledad. Y en medio de su desesperación, luchando contra los síntomas depresivos que suelen acarrear situaciones como las que le tocó vivir, aparecieron “las sombras”. Presencias que ella describe como sobrenaturales, que la acompañaron y la ayudaron a sobrellevar el trauma, y que le trajeron música. Es por ello que les otorga su merecido crédito en el nombre del proyecto musical que creó para llevar esa música a otras personas.

Anna-Varney Cantodea
Anna-Varney Cantodea

Sopor Aeternus & The Ensemble of Shadows se puede traducir al español como “sopor eterno y el conjunto de las sombras". Cuando escuché su música por primera vez, en 2011, no conocía el significado de la palabra sopor, así que se los transcribo por si alguien se encuentra en esa misma situación.

Sopor:

1. Estado intermedio entre el sueño y la vigilia en el que todavía no se ha perdido la conciencia.

2. Estado en el que se tiene sensación de cansancio, pesadez, sueño, embotamiento de los sentidos y torpeza en los movimientos.

Según Anna-Varney, en ese estado se encontraba cuando “las sombras” se presentaron ante ella. A muchos puede sonarle un poco descabellada esta idea, pero es sabido por quienes estudian psicología que las personas que atraviesan un trauma complejo durante su infancia y adolescencia, como puede ser la negligencia o el maltrato de parte del cuidador (lo que genera apego desorganizado), luego son mucho más propensas a percibir entidades no integradas en su identidad, que están ahí para ayudarla a sobrellevar ese trauma, desde dentro. Son cosas que pasan mucho más de lo que nos gustaría reconocer. Muchas veces las víctimas de trauma no reciben ayuda externa, y en su soledad tienen que lidiar con el dolor de alguna forma.

Anna-Varney Cantodea no organiza conciertos ni presentaciones “para seres humanos”, lo cual casi me parece lógico tratándose de una persona tan herida por otras, aunque a la vez me deja un sabor amargo la impresión de que cierra las puertas a una forma de amor que podría darle la gente a través de disfrutar su música y hacérselo saber. De todos modos, los vínculos entre artistas y su público a veces pueden ser frágiles y tornarse dañinos para ambas partes, por lo que entiendo su reserva. Y sí, esta es una crítica a los seguidores que a veces en nuestra ceguera de expectativas acabamos destrozando el ánimo de quien solo desea expresar su emocionalidad como mejor le sienta.

Para crear su nombre artístico, se inspiró en la novela Varney el vampiro o el festín de sangre (Varney the Vampire or The Feast of Blood), una novela de terror del siglo XIX. Es de notar que, aunque ella prefiere los pronombres femeninos, ha declarado que no puede definirse en el marco del binarismo de género, que no es ni hombre ni mujer. Normalmente se muestra con una estética andrógina, pero también ha comentado que no desea someter su cuerpo a ningún tipo de intervención quirúrgica, algo que muchas veces la sociedad cisnormativa exige a las personas trans para “validar” su género.

Musicalmente, Sopor Aeternus & The Ensemble of Shadows se caracteriza por su fuerte emocionalidad y su estilo lúgubre. Aunque su música fue variando con el tiempo, se destaca la influencia del arte gótico, medieval y renacentista. Suele combinar instrumentos tradicionales, en especial de viento y cuerdas, además de campanas (muy presentes en la mayoría de sus canciones), con instrumentos modernos como sintetizadores. Su voz es muy versátil, tanto por su amplio registro como por la diversidad emocional de su interpretación.

Anna-Varney Cantodea completa su música con letras muy poéticas y muchas veces personales. Generalmente hablan de la soledad, la depresión, la decepción que le causan las personas, el dolor psicológico, el suicidio... En ocasiones toca también el tema de la transgeneridad. Estas letras suelen transmitir emociones como la tristeza, el rencor, la ira, pero a veces opta por narrar ciertas circunstancias con sorna y un humor muy particular. Como lo ha dicho varias veces, ella hace música sobre sí misma, y para sí misma, por lo que no impone filtros morales a los pensamientos que expresa, surgidos muchas veces de los recuerdos de sus años más oscuros.

Les comparto a continuación la primer canción que escuché de este proyecto musical. Una pieza llena de belleza, donde se aprecia muy bien la riqueza emocional en la interpretación. Si se fijan en los comentarios que tiene el video, mucha gente reconoce haber comenzado a escucharlo desde los prejuicios por su estética, pero al final todos coinciden en que su música es hermosa...


Espero que hayan disfrutado leer esta entrada y conocer a esta artista, si no la conocían. Si les interesa, pueden encontrar más material en su página web: www.soporaeternus.de. A mí personalmente su arte me llena de esperanza (aunque pueda parecer contradictorio por la temática de sus letras), la esperanza de que pueden salir cosas hermosas de la cabeza de los sobrevivientes de trauma complejo... Muchas veces necesito esa convicción para poder dar un paso adelante cada mañana.

~L. Tukić

miércoles, 12 de junio de 2019

[Lectura] “El túnel” —Ernesto Sabato

El túnel - Ernesto Sabato
Título: El túnel.
Autor: Ernesto Sabato.
Publicación: 1948.
País: Argentina.
Páginas: 184.
Géneros: Novela, realismo psicológico.

«Generalmente, esa sensación de estar solo en el mundo aparece mezclada a un orgulloso sentimiento de superioridad: desprecio a los hombres, los veo sucios, feos, incapaces, ávidos, groseros, mezquinos; mi soledad no me asusta, es casi olímpica.»

No se me ocurre mejor forma de comenzar a hablar de mis lecturas que contarles mi experiencia con mi libro favorito. Esto no será una clásica reseña como las que acostumbramos a leer en Internet: no podría hacerlo yo de ese modo, con la calidad técnica de quienes llevan años en esto de reseñar libros. Tampoco podré disfrazar mi exagerada subjetividad: les estoy hablando de mi libro favorito, que debo haber leído ya unas 15 veces, y que pienso seguir leyendo, desmenuzando en cada lectura los aspectos más profundos de sus frases, y de mi persona. Porque este libro es para mí una especie de “indicador de crecimiento”: en cada lectura le doy una interpretación diferente, y eso ha funcionado como prueba de que mi forma de razonar y de sentir han ido cambiando con los años.

Leí por primera vez El túnel en 2009, cuando tenía 15 años. Estaba en primer año de bachillerato, y la profesora de literatura nos propuso leer ese libro. Recuerdo que la mayoría de mis compañeros coincidieron en que era un libro “denso”. Yo, en cambio, quedé fascinado. Para ese entonces yo ya escribía, y había empezado hace poco a trabajar en el que casi diez años después sería mi primer libro publicado. Pero, para ser sincero, era muy inexperto en el género que me estaba planteando escribir. Hasta ese momento, mis lecturas eran principalmente divulgación científica, teatro, y literatura española del Siglo de Oro (sí, eso leía en mi adolescencia, y me encantaba, hoy en día me da mucha nostalgia leer algo de eso). Como escritor, sin saberlo, me estaba iniciando en un género que mucho después me enteré de que se llama “realismo psicológico”. Y El túnel de Ernesto Sabato fue el primer libro de este género que llegó a mis manos. Por suerte.

La lectura me absorbió por completo. Las interminables cadenas de pensamientos del protagonista, Juan Pablo Castel, me resultaban tan naturales que me fue imposible no identificarme con el personaje. Es pesimista, sí, y mucho. Pero la elocuencia con la que narra es tan convincente, que en algún punto sentí miedo de ser yo quien mató a María Iribarne, o de haber elegido matarla tal como lo hizo él. Para ponerlos en circunstancia, y no cuenta como spoiler porque lo dice en la primera frase de la obra: el libro está narrado en primera persona, desde la cárcel, por Castel, el pintor que asesinó a María, a quien se refiere como “la única persona en el mundo que pudo entender su obra, y que lo entendió a él”. El asesino cuenta cómo la conoció, como se obsesionó con ella, y cómo poco a poco se fue haciendo a la idea de matarla.

Castel es un hombre solitario en esencia. Tiene algún círculo social, frívolo, superficial, supongo que por inercia, porque pocos seres humanos, como animales sociales que somos, pueden escapar a eso. Pero varias veces manifiesta con claridad que se siente solo y único en el mundo. Demasiado diferente a las otras personas. Incomprendido. Y, tal vez para paliar esa triste impresión, desarrolló una sensación de superioridad con respecto al resto del mundo. Tiene pensamientos recurrentes sobre la miseria humana, resalta constantemente los hechos atroces de los que tiene conocimiento, se refiere a la vida como una abominable comedia sin sentido. Como podrán deducir, no es un libro para leer en cualquier momento de la vida. Pero a la vez, leerlo en diferentes momentos nos muestra mucho sobre nosotros mismos. Porque todos tenemos reacciones diferentes ante las palabras de Castel.

La primera vez que lo leí, yo no era una persona muy diferente de Juan Pablo Castel. Sin la parte de matar, claro. En su momento, me impresionó cómo leía esas palabras sintiendo que podrían haber salido de mí (al menos una versión no tan elocuente). Eran ideas muy conocidas para mí, y verlas plasmadas en un libro de tal renombre, me daba la misma esperanza que tenía Castel: que existiese alguien, aunque sea una sola persona, que pudiera entenderme. Con los años me fui dando cuenta de que el origen de esa sensación de incomprensión, en mi caso personal, distaba mucho del origen de la de Castel. Pero en aquel entonces no entendía las causas de mi aislamiento social, por lo que encontré en Castel un excelente personaje con el que identificarme a lo largo de las páginas del libro. Hasta que llegó el final, y tuve que recordar la frase con la que empezaba la historia. Él mató a María. ¿Sería yo capaz de hacer una cosa así? Siempre quise creer que no, pero después de la lección que me dio el libro, de cómo esas obsesivas cadenas de pensamientos atroces te pueden llevar a lugares muy oscuros, empecé a cuidar más las ideas que rondaban por mi cabeza. Por las dudas.

No podía darle la razón a Castel por haber asesinado a María. Pero tampoco podía dársela a María, porque Castel me había convencido en todo su relato, excepto en el acto de matarla. Hay una frase trillada a la que se recurre cuando se busca elogiar un libro: “no te dejará indiferente”. No solo voy a afirmar que se cumple muy bien en este caso, sino también voy a ejemplificar. Luego de la primer lectura pasé mucho tiempo rumiando sobre todo lo que el libro no dice. Uno siempre se queda con la intriga de qué era lo que realmente estaba pasando por la mente de María cuando actuaba como lo hacía. Es fácil comprender la confusión de Castel. Leyendo entre líneas, personas diferentes han obtenido conclusiones diversas. Quizás muchos encuentren alivio en la película El túnel (1952), dirigida por León Klimovsky y basada en el libro de Ernesto Sabato (quien colaboró en el guion de la misma). Una simple carta, inexistente en la obra original, pero añadida en la película, parece aclarar mucho el panorama de incertidumbres que deja el libro.

El túnel siempre ha sido parte de conversaciones profundas con las personas más importantes de mi vida. Hace algunos años, viajando al interior de Uruguay con un amigo (tocayo del autor del que hablamos hoy), apareció el libro en nuestra “charla de carretera”. Le confesé que siempre estuve más cerca del #TeamCastel que del #TeamMaría. Y él me dijo que al principio le pasó algo similar, pero que cada vez que relee la novela, se acerca un poco más al lado contrario. Luego de eso fue que vi la película de 1952, y después de un par de re-lecturas, se hizo cada vez más difícil para mí apoyar el pensamiento de Castel. Sumando a todo esto que, con el correr de los años, mis pensamientos fueron abandonando las profundas marcas del rencor que cargaba en mi adolescencia, abriendo paso a ideas más esperanzadoras. Por esto digo que El túnel ha sido para mí un indicador de crecimiento. Y aunque me da pena alejarme de Castel, porque los túneles separados son sinónimo de soledad e incomprensión, me siento mejor sabiendo que hay esperanza y los túneles pueden tener una salida.

Ernesto Sabato
Ernesto Sabato

Me atrevo a decir que El túnel es el mejor libro de realismo psicológico que se ha escrito en español. Lamentablemente nunca tuve el placer de conocer a Ernesto Sabato en persona. Me hubiese encantado, ya que luego de leer su primera novela, seguí leyendo varias de sus obras y se ha convertido en mi autor favorito. A veces imagino que tras algunas de sus frases de ficción se esconden situaciones muy reales, y que él mismo tuvo que enfrentar, en sus comienzos, críticas muy duras de parte de algunos de los sectores más pretenciosos de la sociedad. Recordemos que él era físico de formación (otra cosa que supe tener en común con él), y luego decidió abandonar la ciencia “dura” para dedicarse a la literatura, al arte. Para muchos de la época, fue una decisión escandalosa, y Sabato tuvo que enfrentar reacciones tan malas como injustas. Aún así, si hubiese podido conocerlo, ¿cómo resumir en apenas unos segundos todo lo que siento respecto a su obra y la forma como ha impactado en mí? Imposible...

En fin, creo que ha quedado claro que este libro es el primero que recomiendo a cualquier persona en cuanto tengo la oportunidad. Siempre me interesa saber cómo ha impactado en la vida de los demás, qué impresiones ha causado su lectura, y por supuesto, si son #TeamCastel o #TeamMaría.

Estoy pensando en volver a leerlo dentro de unos meses. Hace tiempo decidí que este libro me acompañará toda la vida...

~L. Tukić