sábado, 6 de julio de 2019

[Relato] Té de las cinco

El siguiente relato es un adelanto de la antología que me encuentro escribiendo en este momento, y que estimo será publicada en 2021.

[Advertencia de contenido: crisis de ansiedad / ataque de pánico.]

Té de las cinco


Miró por la ventana hacia la oscuridad misma. Todo estaba bien. Eso quiso creer. Pero la noche transcurría y el insomnio había vuelto. Pasó el dedo por los contornos del vitral. Del otro lado escurrían las gotas de la lluvia. En la profundidad de su ser, sentía el cansancio latente, pero sus ojos apenas se cerraban para parpadear. Estaba alerta, como si su vida dependiera de ello. Se sentía perseguido por los más vívidos fantasmas de su pasado. No eran meros recuerdos. Eran realidades superpuestas. Visiones, olores que no estaban allí, pero que podía asociar a elementos muy definidos de los primeros años de su vida. Sabores, voces que lo llamaban…

En algún momento se había dormido sentado en el sofá del salón. Habrán sido veinte minutos. Una pesadilla lo sobresaltó. Y luego creyó escuchar a alguien toser en la habitación. Cerró los ojos con fuerza. Sabía que no había nadie allí. Odiaba esas noches. Prefería aquellas en las que lograba dormir al menos cinco horas, aunque a la mañana siguiente tuviese cinco pesadillas más en su memoria. Cualquier cosa era mejor que ese desesperante estado de alerta. Porque el tiempo se distorsionaba de la peor manera. Y cada vez que miraba el reloj, contaba las horas que faltaban para el amanecer y se preguntaba si sería capaz de soportar tanto.

Se levantó del sofá con las piernas débiles. Caminó, demorando cada paso el mayor tiempo posible, y se agazapó contra el marco de la puerta de la habitación. Respiró, y escuchó el aire entrando y saliendo por su nariz. Intentó convencerse de que ese sonido lo tranquilizaría. No fue así. Era irritante. Miró sus manos temblorosas, y en un arranque de valor, entró al dormitorio. Dudó un momento, pero se forzó a encender la luz. Se sobresaltó sin razón: el cuarto estaba vacío, tal como se suponía que debía estar. Estaba solo. Rechinó sus dientes, molesto con las ideas ridículas que atravesaban su mente en esas noches, y salió de la habitación. Cerró la puerta. “Por las dudas”.

Se refugió en la cocina. Por alguna razón, en esos minutos resultó ser la sala más fría de la casa. Apoyó las manos sobre la mesada, pero las retiró al notar el dolor del frío trepando por su piel. Hubiera querido golpear la pared, pero no era esa clase de persona. No. Él era más bien de los que se consumen lentamente en silencio y soledad. Rozó su lengua contra el paladar y frunció el ceño. El recuerdo de un sabor, otra vez, apareció con esa misma intensidad con que lo hacía cada cosa que hubiera preferido olvidar. Pero su memoria era una condena. A veces, recordaba páginas completas de los libros que había leído. En ese momento, lo que recordaba era el sabor de la medicina que le salvó la vida cuando tenía 4 años. No lo recordaba, lo saboreaba, en ese mismo instante. Y el aroma asociado. ¿Por qué?

Entre la una y las dos había logrado leer algunas páginas de un libro, y luego, del periódico del día anterior. Nada más. Cuando volvió de la cocina y miró el reloj del salón, eran las tres y once minutos. Sintió un temblor. “Las tres, es la peor hora”. El mismo pensamiento aparecía cada noche de insomnio, por razones que había decidido olvidar. Eran pocos los recuerdos que podía darse el lujo de negarse. Pero reconocía ese patrón. Sabía que todo lo malo que pudiera pasar, ocurriría en el entorno de las tres de la madrugada. Comenzó a sentir la inquietud. Quiso recorrer la casa, pero sus piernas no le respondieron más que para temblar.

Se sentó en el escritorio y golpeó un lápiz contra la tapa de un cuaderno. Por un momento sintió que ese sonido lo mantenía anclado a algo. No supo a qué, pero lo sintió bien. Cerró los ojos y, además de los golpes del lápiz, oyó un susurro a su derecha. Volvió a sobresaltarse, y dejó caer el lápiz. Miró en todas direcciones. Otra vez, no había nadie. Movió la silla hacia atrás y se paró como si hubiese resuelto algo muy importante. Pero lo único que hizo después fue acercarse a la puerta principal de la casa y apoyar su oreja contra la madera, como si esperase escuchar algo al otro lado. No oyó otra cosa que la incesante lluvia.

Caminó de una punta a la otra del pasillo que llevaba al dormitorio. Lo repitió varias veces, con pasos cada vez más acelerados. Creyó ver la luz del baño encendida, y se apresuró a refugiarse una vez más en la cocina. Se tapó los oídos con las manos, y cerró los ojos. “Esto no está pasando, todo está bien, todo está en tu cabeza”. Las palabras tranquilizadoras con las que intentó llenar su mente se superpusieron con las imágenes de un viaje. Estaba en un tren, agazapado en el asiento, mientras veía a su padre pelear con otro hombre. “No te preocupes, él sabe lo que hace”. Los padres siempre saben lo que hacen. ¿No? Pero de un momento a otro, él era el hombre desconocido, y el puño de su padre fue a dar en su nariz. ¿Cómo pueden doler tanto los recuerdos?

Abrió los ojos de golpe y se apoyó contra la mesada, como si despertara de un trance asfixiante. Volvió al pasillo y revisó el baño. No había nada, la luz había estado apagada hasta que él la encendió. Pasó otra vez frente a la puerta de la habitación, y una nueva imagen apareció en su cabeza. Abrió la puerta, y observó el cuarto en penumbra. El bulto en la cama era su madre, cubierta por frazadas, sin fuerza para levantarse, sin fuerza para cuidar de sus hijos. Pero ahora no estaba ahí. Cuando no estaba en la cama, lo llamaba desde la cocina. Siempre había algo para pedirle. Nunca era suficiente. Nada de lo que él hiciera era suficiente. Nadie sería feliz allí.

Sintió arcadas, y presionó el puño contra sus labios apretados. El dolor en la boca del estómago, las palpitaciones, el miedo, la sensación de la muerte inminente, todo estaba en su cabeza. Sintió el cosquilleo del sudor en su piel. Empezó a desesperarse. Tal vez no podría seguir respirando, tal vez su cuerpo ya no dejaría entrar o salir el aire de sus pulmones. Volvió al sofá y presionó los puños contra los reposabrazos. Había lágrimas corriendo por sus mejillas y no entendía por qué estaban allí ni cuándo habían aparecido. Tampoco podía hacer nada para evitarlo. De hecho, su propio rostro comenzaba a adormecerse. Sentía un hormigueo en cada músculo de su cuerpo, y ya no pudo mantener los ojos abiertos. “No soy yo, no estoy aquí, esto no es real”.

Llegaron las cuatro y media de la mañana, y lo supo cuando oyó el canto de un pájaro. Si no hubiese mirado el reloj, no habría tenido consciencia del tiempo que pasó agazapado en el sofá, intentando respirar, intentando seguir vivo. No sabía cuándo había dejado de llover. No entendía por qué las horas parecían días hasta que llegaban las cuatro y entonces el tiempo volvía a su curso normal. Lo peor ya había pasado. Pronto amanecería, y tendría que enfrentar un día más. Estaba acostumbrado a que la gente lo juzgue por su “cara de muerto en vida”, eso no le preocupaba. Sí le preocupaba ser ineficiente en el trabajo, porque durante muchos años se había convencido de que su fortaleza era su efectividad, y perder eso era perder una parte demasiado significativa de su identidad. Había elegido muy mal la forma de definirse a sí mismo.

Esperó un rato más. Tomó consciencia de cada parte de su cuerpo, como si se examinara. Podía abrir los ojos. Podía mover sus brazos y piernas a voluntad. No había rastros de las sensaciones que lo habían confinado al sofá una hora atrás. Tal vez un poco de tensión muscular. Empezó a hacer cálculos. En ese momento de la madrugada, cuando faltaba poco para la claridad, sobrevenía la frustración de saber que no podría recuperar las horas de sueño perdidas. Solo quedaría el dolor de cabeza, como cada mañana luego de una noche de insomnio, ansiedad y disociación. Con suerte, se iría después de tomar ibuprofeno con el desayuno. Lo que no se iría es su mirada llena de vacío infinito, tras la cual se refugiaría, como cada día, al destilar odio con sus palabras. Porque era lo poco que había logrado aprender en su vida, de los ejemplos que lo rodearon siempre.

Entonces fue, una vez más, a la cocina. Observó por la ventana los primeros contornos distinguibles de algunas nubes. Puso a calentar agua en el fuego, y preparó dos tazas. Té con jengibre, sin azúcar. Se dejó perder en la visión de los colores del alba. El azul pálido se fue transformando en un suave rosado, mientras él hacía un desayuno en “modo automático”, resignado, guiado por la misteriosa fuerza de la inercia. El agua hirvió, las tazas estuvieron llenas, ambas sobre una bandeja, acompañadas de algunas tostadas. Suspiró mientras daba una última mirada al lento amanecer.

Volvió al salón, dejó la bandeja sobre la mesa ratona, y se sentó en el sofá. Por alguna razón, el frío de la mañana siempre resultaba más acogedor que el de la noche. Incluso estando en verano. Rodeó una de las tazas con sus manos, buscando sentir algo de calor. Miró hacia el pasillo, y la vio venir desde la habitación. Sonrió, y entrecerró los ojos, un poco abrumado por el color blanco de su camisón, y de su fino y largo cabello. Ella le devolvió la sonrisa, y se sentó frente a él. Justo a tiempo para el té de las cinco.

~L. Tukić
03.07.2019

3 comentarios

  1. ¡Hola Lud!
    Me gusta muchísimo este relato, ya te lo dije aquella vez que lo compartimos por Whatsapp.
    Espero que algún día te atrevas a publicar algún libro con varios de tus relatos, sería maravilloso.
    Muchas gracias por compartir este relato en tu blog.

    ¡Un abrazo y un beso!

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    1. ¡Hola! ¡Muchas gracias por tu mensaje! A raíz de una encuesta que hice en Twitter (donde consultaba si les gustaría leer más cuentos de este estilo, y respondieron que sí), estoy trabajando ahora en una antología, aprovechando también que se viene la Mega Maratón de Escritura (https://maratonescriturauy.wordpress.com/). Avisaré cuando haya novedades al respecto, seguramente esté twitteando con el hashtag de la maratón #MMEUY durante el mes de agosto. ¡Saludos!

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